Por su lado, Woody Allen no hizo sino recabar pruebas y argumentos para canonizarlo definitivamente, al convertirlo en modelo de conducta a seguir y ángel de la guarda sentimental del protagonista de Play it again, Sam (primero pieza teatral -estrenada en el Broadhurst Theatre de Broadway el 12 de febrero de 1969- y después película -Sueños de seductor, 1972, Herbert Ross-), un crítico de cine, tímido, inseguro, acomplejado y maniático, refugiado en sus films favoritos para superar la separación de su esposa y finalmente aconsejado en sus relaciones con las mujeres por el espectro de su idolatrado Bogart/Rick Blaine. Pero el culto a la personalidad no iba a quedarse en la simple recreación de posturas, diálogos y situaciones. Un individuo que se somete a una operación de cirugía estética para adquirir los rasgos de Bogie y después ejercer como investigador privado, de nombre (Sam Marlow), métodos y verbo familiares para el buen aficionado, era el caso de una obsesión llevada al límite presentado por la menos lograda artísticamente pero igualmente curiosa A lo loco y con la cara del otro (1980, Robert Day), irónico homenaje al cine de gangsters, donde la presencia del veterano George Raft –en su última actuación ante las cámaras- no resulta nada gratuita. Antiguo y señero mito del género, sobre el cual, encima, continuamente sobrevolaron sospechas de una estrecha vinculación con el hampa, su negativa, por superstición, a morir en El último refugio (1941, Raoul Walsh) -rehusada también por Paul Muni- y a trabajar bajo las órdenes de un director debutante en El halcón maltés (1941, John Huston) proporcionaría dos oportunidades de oro a Bogart para, con cuarenta y un años cumplidos y una más esforzada que llamativa trayectoria tanto en la pantalla grande (en segundos papeles o protagonistas en películas de escasa entidad rechazados por las grandes figuras) como en el teatro (debutó en Broadway en 1922), equipararse a astros como Muni, Edward G. Robinson, James Cagney o el propio Raft, a quienes habitualmente secundaba y con los que formaba la famosa "fila de los asesinos de la Warner". Aun así, su pelea con el estudio reclamando mejores roles continuó siendo una constante.
Pero para conocer cuáles son el origen y la razón reales de la mitomanía que envuelve al artista nacido en Nueva York el 25 de diciembre de 1899 y fallecido en Los Ángeles el 14 de enero de 1957, ganador de un Oscar como mejor actor principal (La Reina de África, 1951, John Huston) y nominado en otras dos ocasiones (Casablanca, 1942, Michael Curtiz; El motín del Caine, 1954, Edward Dmytryk), nada mejor que zambullirse en las hemerotecas. En la del reputado semanario de información general Triunfo (1962-1982), pongamos por caso. En su ejemplar del 23 de mayo de 1970 (costaba 15 pesetas, el equivalente a 0,09 euros), la publicación referencia del antifranquismo incluía el artículo ''Humphrey Bogart-Tarzán de los monos'' (los dos héroes estaban en el candelero catódico español del momento por uno de los ciclos antes citados y por una serie protagonizada por Ron Ely sobre la creación de Edgar Rice Burroughs, respectivamente), en el que, camuflado bajo el seudónimo de Juan Aldebarán, el propio subdirector de la revista, Eduardo Haro Tecglen, descodificaba las claves del porqué-cuándo-y-dónde de la cuestión, no sin previamente advertir a los no iniciados que "el mito Bogart –Bogey, se dice para estar 'in'- es para el consumo de los intelectualizados, de los que 'saben' ".
El porqué. Identificación del actor con el personaje y del espectador con el actor. "Quizá ese comportamiento de actor-espectador, de estar fuera y dentro, quizá esa lejanía, esa frialdad, esa distancia de hombre que llega de fuera (En 'Passage to Marseille' le preguntan su nacionalidad, y responde: 'Esquimal'), esa forma precursora de vivir, que luego sería la del 'Extranjero' (sic) de Camus, conecte de alguna forma con la juventud de hoy, la juventud fronteriza de dentro y fuera (del sistema, de la política, de la sociedad), de un cierto sector que se considera en perpetuo exilio interior".
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"La mezcla hombre-personaje es coherente. Los directores, los guionistas, los creadores de 'gags', los escritores de diálogos, adaptaban sus creaciones a la imagen fílmica de Bogart, de forma que cada personaje heredaba algo de los anteriores, hasta fabricar el arquetipo continuo; Bogart, en su vida real, tenía inevitablemente dentro el personaje y vivía con sus afinidades posibles y sus contradicciones inevitables".
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"La mezcla hombre-personaje es coherente. Los directores, los guionistas, los creadores de 'gags', los escritores de diálogos, adaptaban sus creaciones a la imagen fílmica de Bogart, de forma que cada personaje heredaba algo de los anteriores, hasta fabricar el arquetipo continuo; Bogart, en su vida real, tenía inevitablemente dentro el personaje y vivía con sus afinidades posibles y sus contradicciones inevitables".
Cuándo y dónde. "... cuando el público melenudo y displicente del minoritario Brattle Theater (cerca de Harvard) repuso 'Beat the devil', y allí pasó algo. El empresario notó que había una cierta corriente. En 1957 programó 'Casablanca', y la receptividad de su público fue tremenda. Tanta, que el mito Bogart reverdeció desde entonces. Apareció lo que se ha llamado 'Bogart mystique'. No se ha detenido más. Lo levantaron poco después, en Europa, Belmondo y Godard (1960), y luego su imagen fue entronizada en los 'posters'. El viejo Bogart era un hombre de nuestro tiempo".
Surgido de una idea inicial de 1871 de The Cambridge Social Union, una de las muchas agrupaciones civiles constituidas al acabar la guerra de Secesión con el fin de dinamizar la vida cultural, el Brattle –un caserón de estilo colonial con techo abuhardillado, situado en el número 40 de Brattle Street, cerca de Harvard Square, en Cambridge, Massachusetts- abrió sus puertas en enero de 1890 como biblioteca y sala de lectura. Más adelante acogería actos literarios y espectáculos musicales y dramáticos, llegando a disponer en algún tramo de su historia de grupo teatral propio. Consecuencia de la Gran Depresión del 29, la necesidad de generar ingresos implicó que durante un tiempo el local hiciera las veces de templo para las Iglesias luterana y de la Ciencia Cristiana y de gimnasio del Departamento de Policía de la ciudad. Y en 1953 se convirtió en sala de cine de arte y ensayo. Es a mediados de esa década cuando los socios propietarios en aquel periodo, Bryant Haliday y Cyrus Harvey jr., tuvieron la idea de recuperar las un tanto olvidadas películas de Bogie coincidiendo con la época de exámenes finales en la vecina Universidad de Harvard. El éxito de la propuesta acabó convirtiéndola en tradición anual. Y al actor en fetiche cultural. Ese fue el inicio de todo, efectivamente. La pequeña y recoleta sala (250 butacas distribuidas entre platea y anfiteatro), de afamada especialización en clásicos, reposiciones e independientes, ha llegado hasta nuestros días manteniendo su fidelidad tanto a los postulados fundacionales como a la cita con la bogartmanía: cada 14 de febrero, San Valentín, Día de los Enamorados, Casablanca ocupa el lugar más destacado del programa de la jornada, con carácter de acontecimiento especial y ensalzada como la historia romántica más imperecedera del celuloide. Con permiso, naturalmente, de Breve encuentro (1945, David Lean), El hombre tranquilo (1952, John Ford), Tú y yo (1957, Leo McCarey), Los girasoles (1970, Vittorio de Sica), Tal como éramos (1973, Sydney Pollack) o Entre el amor y la muerte (1981, Ettore Scola), todas y cada una de ellas con méritos contrastados para optar a disputarle el título honorífico.
A pesar de –o quizá gracias a- haber sido edificada sobre contratiempos (fue un proyecto arrancado con desconfianza; los actores no serían los inicialmente previstos; el argumento se reescribió continuamente durante el rodaje; hasta el último instante se sopesaron varios finales posibles...), Casablanca, un melodrama de aventuras románticas de serie B en el fondo no tan diferente al resto de cine propagandístico producido por Hollywood en tiempos de guerra, es un film que ha logrado superar todas las pruebas del algodón del paso del tiempo, conservando intacta toda su capacidad de emocionar. Tal vez porque trata temas de ayer, de hoy y de siempre; quizá por el magnetismo de la pareja principal; probablemente por la perfecta ingeniería de un guion definitivo cuyo "ritmo interno y externo tiene el equilibrio de Las señoritas de Avignon (sic) de Picasso", en apasionada apreciación del mismo José Luis Garci que subió al escenario del Dorothy Chandler Pavilion a recoger el Oscar de Volver a empezar como mejor película extranjera de 1982 uniformado de Rick Blaine, smoking blanco y pajarita y pantalón negros.
Obviamente, Casablanca no era el mejor lugar para ir a tomar las aguas. Pero la reunión de una larga lista de intérpretes excelentes y de variada procedencia (estadounidenses, suecas, austrohúngaros, británicos, alemanes, canadienses, rusos, mexicanos, italianos, griegos...) contribuyó a otorgar a la obra maestra del artesano Michael Curtiz la atmósfera cosmopolita y de provisionalidad que -como nido de espías, conspiradores, refugiados y oportunistas de todo tipo- requería la ciudad norteafricana, bajo el control del Gobierno de Vichy durante la II Guerra Mundial, recreada en los estudios californianos propiedad de la familia Warner. Y si como aseguraba la publicidad de otra cinta no menos legendaria nunca hubo una mujer como Gilda, tampoco ha habido otra película como Casablanca, con semejante repertorio de admirables diálogos. Entre los cuales, paradójicamente, el celebérrimo y citadísimo "Tócala otra vez, Sam" nunca se dice.
Porque si hubo un factor sobre el cual se afirmó el éxito de Bogart ese fueron los diálogos. Sarcásticos, irónicos, burlones, mordaces, sardónicos, incisivos, cínicos, cáusticos, ácidos... Oportunamente aplicados sobre un oficial nazi, el sicario de un gangster, una extraviada jovencita heredera con propensión a sentarse sobre sus rodillas, una pérfida morena altamente interesada en esculturas fabricadas con el material con que se hacen los sueños, una puritana británica compañera de un accidentado viaje en barca por un río congoleño, o un antiguo amor que lo dejó tirado en el andén de una estación de ferrocarril parisina, producían el mismo efecto que un acto de sabotaje de la Resistencia, un puñetazo en el hígado, un estirón de orejas, una sentencia judicial con la descarga eléctrica ya incluida, la más irreverente de las blasfemias, o el más amargo testimonio de la corrosión del desamor. Si bien hablar con palabras (originales o prestadas) escritas por William Somerset Maugham, Lillian Hellman, Dashiell Hammett, William Faulkner, Ernest Hemingway, Raymond Chandler, Truman Capote, Billy Wilder o Joseph L. Mankiewicz, o las que a partir de Everybody comes to Rick's -de Murray Burnett y Joan Alison-, la obra génesis de Casablanca, trabajaron (a veces de manera improvisada en el mismísimo plató) Casey Robinson (la parte romántica), Howard Koch (política) y los gemelos Julius J. y Philip G. Epstein (estructura general) debe facilitar mucho las cosas, por supuesto.