Suponen más ingresos a los cines que la propia recaudación de las entradas, por lo que no es de extrañar que en el vestíbulo ocupen lugar principal y hayan relegado a un segundo plano a posters y fotogramas de las películas. Y ''si dejamos de lado la mantequilla, el aceite, la sal y todos los aditivos que hacen que las palomitas tengan aquel sabor a cine tan peculiar, podríamos decir que el maíz, por si solo, es saludable. De hecho, tiene todos los beneficios que nos aporta un grano de trigo: un alto contenido en fibra, compuestos fenólicos, antioxidantes, vitaminas de complejo B, manganeso y magnesio. Con estos componentes, el maíz ayuda a regular el estreñimiento y mantiene el sistema digestivo saludable. Además, reduce el colesterol en la sangre y disminuye las enfermedades cardiovasculares, como la arteriosclerosis o los infartos de miocardio. Otro beneficio del maíz es que regula la emisión y la gestión del azúcar en la sangre y los niveles de insulina, de manera que es muy recomendado para personas diabéticas. Por si no fuera suficiente, el grano cuenta con una gran cantidad de polifenoles, unas sustancias con gran poder antioxidante encargadas de limpiar y eliminar los radicales libres, de manera que tiene propiedades antienvejecimiento y anticáncer. Y ya para terminar, un bol normal de palomitas contiene tan solo treinta calorías, cinco veces menos que la misma cantidad de patatas chips''.
Pero si son tan vitamínicas y su consumo es tan beneficioso para la salud como se dice en un artículo de la edición digital del diario Ara -de donde cito y traduzco del catalán-, ¿por qué no se encuentran las palomitas de maíz en las cartas de los restaurantes? ¿Por qué a Ferran Adrià (o a cualquier otro cocinero performer) no le ha dado por hacer con su deconstrucción un espectáculo de aquellos que suele para impresionar a ingenuos? ¿Por qué José Andrés no se las ofreció a Barack Obama ninguna de las veces que el entonces presidente de los EE. UU. acudió a su Minibar del número 855 de la calle E de Washington D. C.? ¿Por qué su distribución se circunscribe únicamente a las salas de cine, privando de manjar tan suculento al resto de ciudadanos del mundo no aficionados a las películas? ¿Por qué el espectador dominguero, principal comprador de la cosa, no siente la necesidad de comerlas fuera del ambiente del cinematógrafo? Y muy especialmente: ¿por qué los cines no perfuman con ambientador tras cada sesión para eliminar la nauseabunda pestilencia del producto?
lunes, 5 de junio de 2017
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