AVERNO. Con su fino olfato periodístico característico (ironía), en Sálvame (Telecinco) se apuntan la "exclusiva" (¡oh!) de descubrir el inesperado lugar donde -dicen que en septiembre- se producirá la largamente insinuada boda entre María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva, la duquesa de Alba (85 años, dos matrimonios anteriores -uno de ellos con el antiguo cura jesuita Jesús Aguirre- y la cara deformada por las operaciones de estética la contemplan), y aquel señor ¿funcionario de profesión? que al parecer es su novio (veinticuatro años más joven que ella): en Ibiza, concretamente en "la ermita de San Telmo". ¿Ermita? Uno es más catódico que católico, y más de Messi que de Cristiano, pero aún así se ve capaz de distinguir entre una capilla o santuario -generalmente pequeño- situado por lo común en despoblado y que no suele tener culto permanente y una céntrica (y arquitectónicamente poco distinguida, por otra parte) iglesia urbana. No así el reportero desplazado por el programa "neotelerrealista" a la isla, ubicado justo en aquel momento delante del templo religioso; tampoco quienes aúllan alborozados en el plató. Observaciones: el hedor de la telebasura atrofia a sus oficiantes la facultad de diferenciar entre elementos.
PARECIDOS RAZONABLES. Víctor Sandoval y la niña de El exorcista.
BODRIO. Únicamente el beneficio de la duda por haberla seguido de manera fragmentada, incompleta, me impide de momento negarle la condición de cine (algo obligado cuando, por mucho que esté filmada en celuloide o triacetato, una película se mueve en una miseria argumental y formal atentatoria contra la dignidad del espectador) a la sonrojante Siete cabalgan hacia la muerte (1979, José Luis Merino), una tardía muestra de gazpacho-western -probablemente rodada en Almería-, de escandalosa ineptitud narrativa, demencial amontonamiento de tópicos, diálogos risibles, planificación de escenas pedestre, iluminación deficiente y ruborizantes interpretaciones por parte de los seudónimos que la protagonizan (Ada Rodier/Assumpta Serna, George Grandson/Jorge Nieto, Emil Bearded/Emilio Berrio, Charles Tristan/Carlos Tristancho, Louis M. Weaves/Luis Rosillo). Necedad cinematográfica al margen, también el más preclaro ejemplo de que cuando no se está familiarizado con los códigos de un género posiblemente sea en el western donde quede más en evidencia.
AGENDA. Desayuno con diamantes. La comida sobre la hierba. El amor después del mediodía. Cena a las ocho.
lunes, 22 de agosto de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
EL PERIODISMO ESTÁ ACATARRADO
Aunque su inopinada promoción española a los altares (reedición de sus obras más conocidas, como la reciente de Honrarás a tu padre y La mujer de tu prójimo, incluida) recomendaría una prudente distancia, al menos inicial, sobre una figura hasta hace dos días prácticamente desconocida por estos pagos, no cabe duda que Gay Talese ha adquirido (y temo que en buena parte no sea ajeno a ello lo llamativo de su proverbial elegancia en el vestir) la condición de leyenda y reverenciado gurú de aquella prensa de calidad a la que hoy puede darse definitivamente por liquidada. Su artículo ''Frank Sinatra está resfriado'', un meticuloso perfil de La Voz y de su entorno, publicado en abril de 1966 en la revista Esquire, es actualmente tan citado como seguramente poco leído. Fundador junto a otros colegas mucho más conocidos como Norman Mailer, Truman Capote y Tom Wolfe del new journalism que en los años sesenta y setenta del siglo pasado sustituyó el lenguaje de agencia (sintético, convencional, frío, sin alma) propio de los diarios norteamericanos de entonces por el reporterismo literario -"la literatura de la realidad"-, Talese (7/2/1932; Ocean City, New Jersey, EE. UU.), todavía en activo, no se cansa de contar a quien quiera escucharle -que son legión- que ha cultivado su oficio a partir de la paciencia en la escritura, el detallismo en el relato, la inquietud permanente y, por encima de todo, una curiosidad ilimitada por todo aquello que le ha rodeado...
Un caluroso mediodía del mes de julio pasado. Una dotación de la Policía Local y un camión de bomberos cierran al tráfico rodado una de las calles adyacentes al principal paseo de la ciudad, por donde transitan casualmente en aquel mismo instante una periodista de los servicios informativos de la TEF y su cameraman. Ella, poco aprovechada según mi parecer (y con el defecto de ser fumadora, dicho sea de paso), aporta maneras profesionales (ha sido la mejor presentadora que ha tenido hasta la fecha Entrevista) y criterio estético a una televisión local ibicenca becaria en el fondo y las formas, a menudo inadecuada en el estilismo y casi siempre equivocada en las escenografías. Al advertir el revuelo se detienen. Se preguntan uno al otro el qué y el dónde. Siempre desde la media distancia, miran pero no ven (no hay fuego ni humo, ni se ve nada aparentemente especial). Pero en lugar de superar la mínima distancia que separa su posición del lugar del incidente, para salir de dudas, toman la poco periodística decisión de continuar ignorantes (de que todo se deberá a una ligera amenaza de desprendimiento en la fachada de un edificio) y proseguir su camino. Observo que se dirigen a un afamado restaurante de cocina tradicional (girando la esquina, exactamente a veintidós pasos de la zona del follón), probablemente para entrevistar a su conocido propietario, nombrado recientemente para un cargo de la patronal hotelera. Oigo cómo al entrar en el establecimiento se disculpan por llegar un poco tarde a la cita.
Un caluroso mediodía del mes de julio pasado. Una dotación de la Policía Local y un camión de bomberos cierran al tráfico rodado una de las calles adyacentes al principal paseo de la ciudad, por donde transitan casualmente en aquel mismo instante una periodista de los servicios informativos de la TEF y su cameraman. Ella, poco aprovechada según mi parecer (y con el defecto de ser fumadora, dicho sea de paso), aporta maneras profesionales (ha sido la mejor presentadora que ha tenido hasta la fecha Entrevista) y criterio estético a una televisión local ibicenca becaria en el fondo y las formas, a menudo inadecuada en el estilismo y casi siempre equivocada en las escenografías. Al advertir el revuelo se detienen. Se preguntan uno al otro el qué y el dónde. Siempre desde la media distancia, miran pero no ven (no hay fuego ni humo, ni se ve nada aparentemente especial). Pero en lugar de superar la mínima distancia que separa su posición del lugar del incidente, para salir de dudas, toman la poco periodística decisión de continuar ignorantes (de que todo se deberá a una ligera amenaza de desprendimiento en la fachada de un edificio) y proseguir su camino. Observo que se dirigen a un afamado restaurante de cocina tradicional (girando la esquina, exactamente a veintidós pasos de la zona del follón), probablemente para entrevistar a su conocido propietario, nombrado recientemente para un cargo de la patronal hotelera. Oigo cómo al entrar en el establecimiento se disculpan por llegar un poco tarde a la cita.
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