Tal como ocurriese en febrero pasado, cuando quedó al descubierto lo que la prensa calificó como ''los cimientos del teatro de 1912'' (¿seguro?), nuevos
hallazgos han obligado a parar por segunda ocasión los trabajos de construcción del hotel de lujo proyectado donde se ubicaba el antiguo cine Serra, en el céntrico paseo de la Alameda de nuestra ciudad, reanudadas hace escasos días
tras el paréntesis estival. Avisados por la propia empresa constructora, a primeras
horas de la mañana de ayer se personaron en el lugar los titulares de los departamentos de Cultura y Patrimonio del Consell y del Ayuntamiento, seguidos de la cohorte de periodistas que les hacen las veces de claque. Ante la naturaleza del
descubrimiento -en esta ocasión no se trataba de los pedruscos habituales, sino
de piezas cinematográficas, muy probablemente desprendidas desde la pantalla a lo largo de tantos años de sesiones y luego olvidadas-, ambas Administraciones admitieron
su incapacidad para valorar la relevancia de lo encontrado. El conseller se disculpó afirmando que la máxima institución insular dispone de técnicos en todas las
materias excepto en cine. (Pues claro. De haber tenido un crítico entre el
funcionariado, este les habría ilustrado acerca de la existencia de la película Los hombres que miraban fijamente a las cabras, y el asunto
de las chivas del Vedrá hubiera acabado de manera más higiénica y no en un remake del paso del Séptimo de Caballería por el poblado sioux de Wounded Knee en diciembre de
1890).
A instancias del que pareció significarse como portavoz del grupo de jubilados
que diariamente siguen las obras a pie de calle -un anciano de 55 años, antiguo
empleado de banca, con notable capacidad de inventiva todavía- se convocó al (por decirlo a la manera de Smilja Mihailovitch) ''más decano'' de los críticos
locales. Llegado desde su domicilio conyugal en Puig des Molins/Beverly Hills,
donde ultima la revisión de las galeradas del que será su próximo libro, El influjo del séptimo arte en el pensamiento de los clásicos griegos, Toni Roca no dudo en datar los vestigios
encontrados como ''pertenecientes la gran mayoría a la época en que en las películas todo
estaba bien hecho''. Que situó entre ''el 28 de diciembre de 1895, festividad
de los santos Auguste y Louis Lumière, y finales de la década de los ochenta
del siglo XX''. Una herradura del caballo de Tom Mix; rastros de
brillantina de Grease (algunos sostenían que de la sustancia que Cameron
Diaz se ponía en su rubísimo pelo en Algo pasa con Mary); el picahielos de Sharon
Stone en Instinto básico; la gorra del coronel Buttiglione; los postizos de la princesa Leia en La guerra de las galaxias (¿o eran tan solo un par de simples ensaimadas?); siete pelos del negrísimo bigote de Lando Buzzanca, divertido protagonista de aquellas simpáticamente chabacanas comedias seudoeróticas italianas alimento de espectadores adolescentes de los años setenta; un paquete de cotufas que milagrosamente mantenían aún su repugnante hedor... Un sinnúmero de objetos, en fin, recuperados con infinita
paciencia y extrema delicadeza por un grupo de voluntarios de Cinéfilos Sin Fronteras. Más
difícil de conservar, por su precario estado, será una muestra de las ilusiones
que tantas generaciones de ibicencos depositaron en algún momento de sus
vidas en las diferentes actividades –no solo cinematográficas, también
teatrales, políticas, festivas…- celebradas en el viejo teatro-cine a lo largo de sus 102
años de historia. Clausurados el 2 de noviembre de 2014 (Día de los Fieles Difuntos, vaya por Dios) con poco ruido y todavía
menos nueces de lo que la ocasión requería, justo es reprobarlo (y hasta reprocharlo).
Ajeno a la emoción del momento vivida por los presentes, un representante de la empresa propietaria del futuro (o no) alojamiento hotelero no se cansaba de explicar orgulloso a quien quisiera escucharle que el establecimiento promovido era ''de cinco estrellas''. Pocas, comparadas con las que en su época dorada llegó a tener laMetro-Goldwyn -Mayer (de tener más que en el cielo, se vanagloriaba el estudio de Louis B. Mayer). Justo a su lado, a
petición de unos turistas rusos interesados en llevarse a casa un souvenir típico, los políticos improvisaron una rueda de prensa, inmortalizada por
los guiris con sus teléfonos de última generación y recibida con risotadas por el público residente cada vez que era pronunciada la palabra ''espai'' (convertida en infalible detector de impostores). Nadie movió una ceja, sin embargo, al escucharse los desgarradores gritos de una anciana que, a poca distancia del gentío reunido y cuando regresaba de hacer la compra, fue arrollada por un ciclista que circulaba por donde no debía (en la ciudad de Ibiza tienen patente de corso y van por donde les sale del manillar ante la total apatía de la autoridad incompetente).
Ajeno a la emoción del momento vivida por los presentes, un representante de la empresa propietaria del futuro (o no) alojamiento hotelero no se cansaba de explicar orgulloso a quien quisiera escucharle que el establecimiento promovido era ''de cinco estrellas''. Pocas, comparadas con las que en su época dorada llegó a tener la