Probablemente fue el instinto cinéfilo la razón de girarme hacia la tele -encendida, hablando sola- al oír a alguien preguntándose desgarradoramente: "Qui és la meva mare!?", en el telefilm franco-italiano Julie. Cavaller de Maupin (TV3). Aunque desconocía que finalmente hubiera decidido dedicarse a la interpretación, enseguida reconocí la fisonomía de aquella actriz, hija de famosa. En un momento enternecedor ya que, precisamente por haber perdido a su madre cuando tenía tan sólo cuatro años de edad, seguramente ha debido hacerse esa misma pregunta muchas veces en su vida privada. Porque Sarah Biasini es la hija de la malograda Romy Schneider, que de continuar en este mundo hubiera cumplido anteayer setenta años.
En una entrevista en la extinta revista Triunfo (19/4/1980) con motivo del estreno de La muerte en directo, y cuando lo peor estaba todavía por llegar, Romy admitía que "los triunfos de una actriz son relativos. La muerte es el triunfo total". Hubo demasiado dolor en su existencia para aspirar a un galardón distinto: fuerte trastorno psicológico tras ser abandonada por Delon (su viudo, a pesar de todo), suicidio de su primer marido en 1979; en 1981, ataque nefrítico que está a punto de costarle la vida, operación quirúrgica con extirpación de un riñón, separación de su segundo marido y -la puntilla definitiva- la espantosa muerte de su hijo de catorce años.
La actriz alemana (nació en la Viena nazi el 23 de septiembre de 1938) supo evolucionar de la joven protagonista de aquella serie cursi tan del gusto centroeuropeo sobre la emperatriz austriaca ("Jamás hubiera tenido que rodar Sissi. Cuando pienso que esas películas se proyectan regularmente en televisión, me pongo enferma. Tendrían que prohibirlas") hasta convertirse en una intérprete excepcional, intensa y profunda, una de las más importantes del cine europeo. Pudo haber sido Maria Braun pero rechazó el guión al considerarlo "melodramático"; después vio la película y se arrepintió. Por aquellas curiosidades de la vida, Rainer Werner Fassbinder le sobrevivió doce días. El director de Querelle -un auténtico francotirador cultural al que también se echa mucho de menos- se suicidó a unos muy aprovechados 37 abriles el mismo día que también falleció Helena Deluvina Dianeroff/Elena Diakonova/Gala Dalí.
Con 43 años, el bello rostro de Romy Schneider acusaba los golpes encajados y ya no tenía aquella frescura arrebatadora de Las cosas de la vida, Max y los chatarreros, La Califa, Anna Kauffman, Inocentes con manos sucias o Una mujer en la ventana. Cansada del sufrimiento permanente y de los remedios tomados para combatirlo, su alma se rompió definitivamente el 29 de mayo de 1982 (esa tarde el Barça cerraba con Boca Juniors el traspaso del futbolista Maradona), ahorrándonos el trago de comprobar cómo la iba a tratar el paso del tiempo (a su cuerpo, a su vida y a su carrera) y conservada para la eternidad guapa y en la cumbre de su trabajo. Al día siguiente, La Vanguardia recordaba entre la información dedicada al suceso que "Romy fue 'Mujer Ad lib 1980' a través del contacto de Smilja Mihailovicht (sic), la creadora de ese movimiento de moda. Fue por ella que la actriz austriaca compró unos terrenos en Ibiza, justo al lado de los de Jacqueline de Rives (sic)". Pero, al parecer, su relación con la isla se remonta a la adolescencia.
"Il est préférable de vivre une passion malheureuse que de passer dans la vie en se contentant d'un bonheur médiocre", había dicho alguna vez.
jueves, 25 de septiembre de 2008
jueves, 11 de septiembre de 2008
¿UNA CHICA GUAPA VESTIDA DE GATO SIEMPRE ES UN BUEN DETALLE?
La televisión permite viajar (gratis y con el DNI caducado, además) por todo el mundo sin necesidad de moverse del sofá ni sufrir las humillaciones de los controles de los aeropuertos, cuyo único fin es contentar al Gran Hermano americano. Durante dos fines de semana consecutivos viajo con el canal 33 a Nueva York. En Km 33, en un capítulo delicioso para los cinéfilos más mitómanos (es una ciudad muy peliculera), una pareja de (antojadizos) amigos catalanes se mueve (junta pero no revuelta) por la Gran Manzana con la familiaridad de su reincidencia para, tirando alegremente de VISA, acabar comprando la misma ropa que podrían encontrar sin dificultades en Barcelona.
Por su parte, Lonely planet: sis graus (por la teoría aquella de los seis grados de separación) ofrece una visión de los ciudadanos de la City poco representativa (todos forman parte del moderneo underground más freak), y escuchando afirmaciones como la dicha durante un desfile de moda por alguien que está in (''una noia guapa vestida de gat sempre és un bon detall'') no se puede evitar llegar a la conclusión de que los encuentros con los extraterrestres seguramente ya se han producido. Mi opinión sobre el futuro de la Humanidad mejora cuando una semana más tarde voy a Singapur con Asha Gill (le haría de porteador a cualquier lugar del mundo, si ella quisiera). Su carácter desacomplejado y divertido (la modelo-presentadora es una buena comedianta) le va muy bien a un programa carcajeante repleto de irónicas bromas escatológicas y sexuales; y los singapurenses parecen gente contenta y cachonda (no, no es una redundancia), una agradable sorpresa a estas alturas de este siglo de crispación y malhumor globalizados.
La serie, que defiende la filosofía de conocer las ciudades a través del contacto directo con sus ciudadanos, mira el mundo desde una perspectiva más adulta y abierta que las Guías Pilot que TVE2 mantiene permanentemente en antena los viernes por la tarde. Unas guías de viaje que parecen dirigidas a un turista tan bobo como sus presentadores, cuya actitud etnocéntrica bordea la xenofobia.
Por su parte, Lonely planet: sis graus (por la teoría aquella de los seis grados de separación) ofrece una visión de los ciudadanos de la City poco representativa (todos forman parte del moderneo underground más freak), y escuchando afirmaciones como la dicha durante un desfile de moda por alguien que está in (''una noia guapa vestida de gat sempre és un bon detall'') no se puede evitar llegar a la conclusión de que los encuentros con los extraterrestres seguramente ya se han producido. Mi opinión sobre el futuro de la Humanidad mejora cuando una semana más tarde voy a Singapur con Asha Gill (le haría de porteador a cualquier lugar del mundo, si ella quisiera). Su carácter desacomplejado y divertido (la modelo-presentadora es una buena comedianta) le va muy bien a un programa carcajeante repleto de irónicas bromas escatológicas y sexuales; y los singapurenses parecen gente contenta y cachonda (no, no es una redundancia), una agradable sorpresa a estas alturas de este siglo de crispación y malhumor globalizados.
La serie, que defiende la filosofía de conocer las ciudades a través del contacto directo con sus ciudadanos, mira el mundo desde una perspectiva más adulta y abierta que las Guías Pilot que TVE2 mantiene permanentemente en antena los viernes por la tarde. Unas guías de viaje que parecen dirigidas a un turista tan bobo como sus presentadores, cuya actitud etnocéntrica bordea la xenofobia.
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