Pedí que ampliaran esa fotografía a tamaño natural, a los ciento sesenta y seis centímetros que mide Landa. La enmarqué en madera y se la llevé a su casa una tarde de Nochebuena. Sé que a su madre le perturbaba verla. Quizá no sea perturbar el verbo idóneo; mejor, inquietar. Aquella mirada, aquel cuerpo, era algo que incluso se escapaba de su conocimiento. Y tenía razón. Aquel no era su hijo. Aquel era un ser, un actor, en el momento mágico de su viaje hacia el otro lado. Ni era Landa ni era Areta, el detective. El fogonazo había pillado el instante justo de cuando se es y no se es. Cuando el cerebro ha dado la orden de salida hacia el misterio, el alma la ha recogido y ha emprendido el viaje. La mutación hecha imagen'' (15/11/1991).
lunes, 17 de junio de 2019
GARCI REVISITADO (VI)
Crítico primero y después guionista destacado, fue el director del cine de la Transición. Ninguneado por las envidias del Oscar de Volver a empezar, amagó con dejar la profesión. Cuando regresó, agotada la coyuntural fórmula de su éxito (cóctel de amargura, nostalgia y autocomplacencia), desempolvó melodramas beatos de los años cincuenta. Un giro de su filmografía tan radical como el también observado ideológicamente: de compañero de viaje del PCE a intelectual del aznarismo. Presentó en televisión Qué grande es el cine, parada inexcusable apreciada por la selección de títulos pero reprobada por su emisión doblada. Ha hecho radio, escrito y editado libros, dirigido teatro... Desdeñado desde el primer momento por el diario El País, José Luis Garci ha compartido durante décadas en Abc su cinefilia y resto de aficiones.
''El otro secreto de Landa es su mirada mágica. Hace algunos años, cuando Landa era campeón de todos los pesos, él y yo rodábamos una película en Madrid. Landa fumaba concentrado mientras le ponían un contraluz. Sus ojos recorrían el escenario en una suave panorámica. De pronto se detuvieron en un ventanal. Un segundo, dos, cinco. Y apareció su mirada mágica. Es esa mirada que nace en un lugar que sólo conoce John Ford. Esa mirada que viene y se va y que oscila como las lámparas de carburo, como una alegría imprevista. La mirada de Tracy desnudándose los cordones de los zapatos en 'El padre de la novia', la de Robert Ryan examinando sus trofeos deportivos en 'On dangerous ground', la de De Niro al final de 'New York, New York'. Cinco minutos después, cuando filmamos aquel plano, Landa ya no tenía esa emoción en la cara. Sus ojos volvían a ser los de su personaje, un detective privado bañado en soledad, con un bigote tan ancho y poblado como la Gran Vía, donde tenía su despacho, y al que le quedaban demasiado ajustados sus 'polos'. Con mucha paciencia, a lo largo de un par de semanas, traté de capturar aquella sensación y concretizarla. Una noche, en el patio de operaciones de Banesto, apareció otra vez, también durante una ligera pausa, mientras se ajustaba un proyector. El foto-fija estaba alertado. 'Ahora', le dije.
Pedí que ampliaran esa fotografía a tamaño natural, a los ciento sesenta y seis centímetros que mide Landa. La enmarqué en madera y se la llevé a su casa una tarde de Nochebuena. Sé que a su madre le perturbaba verla. Quizá no sea perturbar el verbo idóneo; mejor, inquietar. Aquella mirada, aquel cuerpo, era algo que incluso se escapaba de su conocimiento. Y tenía razón. Aquel no era su hijo. Aquel era un ser, un actor, en el momento mágico de su viaje hacia el otro lado. Ni era Landa ni era Areta, el detective. El fogonazo había pillado el instante justo de cuando se es y no se es. Cuando el cerebro ha dado la orden de salida hacia el misterio, el alma la ha recogido y ha emprendido el viaje. La mutación hecha imagen'' (15/11/1991).
Pedí que ampliaran esa fotografía a tamaño natural, a los ciento sesenta y seis centímetros que mide Landa. La enmarqué en madera y se la llevé a su casa una tarde de Nochebuena. Sé que a su madre le perturbaba verla. Quizá no sea perturbar el verbo idóneo; mejor, inquietar. Aquella mirada, aquel cuerpo, era algo que incluso se escapaba de su conocimiento. Y tenía razón. Aquel no era su hijo. Aquel era un ser, un actor, en el momento mágico de su viaje hacia el otro lado. Ni era Landa ni era Areta, el detective. El fogonazo había pillado el instante justo de cuando se es y no se es. Cuando el cerebro ha dado la orden de salida hacia el misterio, el alma la ha recogido y ha emprendido el viaje. La mutación hecha imagen'' (15/11/1991).
lunes, 3 de junio de 2019
DELICIOSAMENTE TONTOS
Paso por delante de una tienda donde venden esas criaturas irracionales antes llamadas animales de compañía y ahora, ignoro por qué políticamente ridícula correcta razón, mascotas. No puedo resistirme a la tentación y, cual vitellone felliniano, entro a provocar un rato. Me dirijo hacia la dependienta, parapetada detrás de un pequeño mostrador, ocupada limpiándole el culo a un hámster. Le pido cualquier artículo de merchandising que tengan de Shirley Temple, por aquello de haber sido la mascota del regimiento en la película homónima que la insufrible actriz infantil rodara en 1937 a las órdenes de John Ford, como no se le escapa a cualquier persona mínimamente leída. No capta la broma (qué va a saber, si apenas debe tener veintiún años) y me aclara que aquel es un comercio ''solo de animalitos''. ''Entonces deberían ustedes cambiar el rótulo de la entrada'', replico. ''No hay motivo. Mascotas son esos seres orgánicos que viven, sienten y se mueven por propio impulso que se suelen tener en casa'', dice. ''Incorrecto. En las películas de Rin Tin Tin, sin ir más lejos, la mascota del 101 de Caballería no era el perro sino el niño, el cabo Rusty'', le suelto con cierto retintín y un desafiante aire de soberbia cinéfila. Me amenaza con avisar a la policía si no dejo de molestarla. Demudado como inexplicablemente me ocurre siempre cuando alguien me menta a las exquisitamente proporcionales y profesionales fuerzas del orden público, me marcho por donde había llegado, es decir, por la puerta. Pero antes de salir del local constato la existencia de conejitos en una estantería. ¿Los conejos, animales de compañía? Encontrarlos en un sex shop me habría extrañado menos, desde luego. Pero serán la excusa perfecta para volver otro día.
Un mes exacto más tarde regreso a la tienda después de un paseo en el que practico el noble deporte de riesgo consistente en esquivar ciclistas que circulan por las aceras (no se les ocurra decirles nada, en la ciudad de Ibiza son tan intocables como las vacas en la India). Voy directo hacia la misma dependienta (morena; excesivamente maquillada para su edad; probablemente 1,68; trazado como el del circuito de Fórmula 1 de Sepang) y, sin preámbulos ni reparos, le pregunto si tiene El conejo caliente. ''¿Te refieres a la divertida comedia francesa de los años setenta o estás interesándote por mis furores uterinos?''. Emocionado por lo que considero una respuesta afirmativa a una invitación aún no formulada, pierdo el conocimiento y me desplomo. Intentan reanimarme un chihuahua mexicano lamiéndome la oreja izquierda, un periquito expeliendo sus excrementos sobre mi frente, un primo de Bugs Bunny royendo mi chaqueta de ante (es de ante pero tiene un corte muy de ahora) y la atractiva empleada masajeándome los pies (no pregunten, yo también lo ignoro). Le insisto en dejarlo. ''Visto como terminó Antwan Rockamora, también conocido como Tony Rocky Horror, con problemas de habla desde que fuera precipitado por la ventana de un cuarto piso por realizarle frotamientos en las extremidades de cada uno de los miembros inferiores del cuerpo a la novia de Marsellus Wallace, que aunque se llamaba Mia era suya'', argumento ante sus estupefactas pupilas. Tras unos segundos de silencio que se me hacen eternos, mi nueva mejor amiga suelta convencida por esa boquita de piñón pintada de Russian Red: ''Pulp fiction, Estados Unidos de Norteamérica del Norte, 1994, Quentin Tarantino''. Sonrío. Intercambiamos miradas cómplices. Noto cómo un estado de gran satisfacción espiritual y física recorre el conjunto de mis sistemas orgánicos.
Un mes exacto más tarde regreso a la tienda después de un paseo en el que practico el noble deporte de riesgo consistente en esquivar ciclistas que circulan por las aceras (no se les ocurra decirles nada, en la ciudad de Ibiza son tan intocables como las vacas en la India). Voy directo hacia la misma dependienta (morena; excesivamente maquillada para su edad; probablemente 1,68; trazado como el del circuito de Fórmula 1 de Sepang) y, sin preámbulos ni reparos, le pregunto si tiene El conejo caliente. ''¿Te refieres a la divertida comedia francesa de los años setenta o estás interesándote por mis furores uterinos?''. Emocionado por lo que considero una respuesta afirmativa a una invitación aún no formulada, pierdo el conocimiento y me desplomo. Intentan reanimarme un chihuahua mexicano lamiéndome la oreja izquierda, un periquito expeliendo sus excrementos sobre mi frente, un primo de Bugs Bunny royendo mi chaqueta de ante (es de ante pero tiene un corte muy de ahora) y la atractiva empleada masajeándome los pies (no pregunten, yo también lo ignoro). Le insisto en dejarlo. ''Visto como terminó Antwan Rockamora, también conocido como Tony Rocky Horror, con problemas de habla desde que fuera precipitado por la ventana de un cuarto piso por realizarle frotamientos en las extremidades de cada uno de los miembros inferiores del cuerpo a la novia de Marsellus Wallace, que aunque se llamaba Mia era suya'', argumento ante sus estupefactas pupilas. Tras unos segundos de silencio que se me hacen eternos, mi nueva mejor amiga suelta convencida por esa boquita de piñón pintada de Russian Red: ''Pulp fiction, Estados Unidos de Norteamérica del Norte, 1994, Quentin Tarantino''. Sonrío. Intercambiamos miradas cómplices. Noto cómo un estado de gran satisfacción espiritual y física recorre el conjunto de mis sistemas orgánicos.
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