Convertir un adulterio en incesto en Mogambo (1953, John Ford), según la muy particular valorización que de la gravedad de los pecados hacía la doctrina nacionalcatólica del Movimiento Nacional franquista, continúa siendo uno de los ejemplos más grotescos de censura en el cine, doblaje mediante. Por otra parte, que la práctica de la sustitución de las voces auténticas debiera recompensarse con unas largas vacaciones solidarias en un campo de trabajo de la Siberia más profunda no quita que otra de las ramificaciones de la violación de obras fílmicas, el retitulado, brinde al cinéfilo buenos ratos de entretenimiento. Pasar una tarde de sábado de otoño contrastando, conocida guía de Carlos Aguilar en mano, títulos originales de películas con aquellos que un día algunos decidieron para su exhibición española resulta bastante más gratificante que enfrentarse a la verbena rancia de María Teresa Campos en ¡Qué tiempo tan feliz! (Telecinco), perdido para siempre jamás el ameno entretenimiento de jugar a descifrar lo que en Cine de barrio (TVE1) le soplaban a gritos por el auricular a Carmen Sevilla antes de que ella lo interpretara con énfasis folclórico.
Entre las alteraciones/manipulaciones las ha habido desconcertantes (Aquí te pillo, aquí te mato por Welcome home, Roxy Carmichael); orientativas para espectadores poco familiarizados con el callejero de Washington (Asesinato en la Casa Blanca por Murder at 1600, número de la Pennsylvania Avenue donde se encuentra la residencia presidencial estadounidense); sintetizadores (¿Quién es Harry Kellerman? por Who is Harry Kellerman and why is he saying those terrible things about me?); con inclinación a la broma fácil (Golfus de Roma por A funny thing happened on the way to the forum); lascivos (Noches pecaminosas de una menor por La fine dell'innocenza); redundantes (10. La mujer perfecta por 10); despistados (La importancia de llamarse Ernesto por The importance of being earnest); anticipadores del argumento (Prostituta de día, señorita de noche por Violette Nozière); más papistas que el Papa (El Evangelio según san Mateo por Il Vangelo secondo Matteo); o también, por qué no, que mejoraban el auténtico (Con la muerte en los talones por North by northwest o Centauros del desierto por The searchers). Pocos casos, empero, tan absurdos como el protagonizado a su pesar por La victoire en chantant, la opera prima de Jean-Jacques Annaud, rebautizada como La victoria en Chantant, al confundir el verbo cantar, en francés, con el nombre de una hipotética localidad. Desconocía el autor del disparate que aquel era el primer verso del Chant du départ, un himno de la Revolución francesa -el preferido de Maximilien de Robespierre- compuesto en 1794 por Étienne-Nicolas Méhul (música) y Marie-Joseph Chénier (letra): "La victoire, en chantant, nous ouvre la barrière; / la Liberté guide nos pas; / et, du Nord au Midi, la trompette guerrière / a sonné l'heure des combats. / Tremblez, ennemis de la France, / Rois ivres de sang et d'orgueil; / le peuple souverain s'avance: / Tyrans, descendez au cercueil. / La République nous appelle; / sachons vaincre ou sachons périr; / un français doit vivre pour elle; / pour elle un français doit mourir".
Pésimamente acogido en su estreno, lo cierto es que el film de Annaud (una sátira sobre el despropósito colonialista europeo en África protagonizada por Jean Carmet y Jacques Dufilho) dispuso de una segunda (pero asimismo fallida) oportunidad comercial tras obtener el Oscar de 1976 como mejor película extranjera, bajo bandera ahora de Costa de Marfil (uno de los coproductores junto a Francia, Alemania Federal y Suiza) y la nueva denominación de Black and white in color.