lunes, 9 de octubre de 2017

CON PORRAS Y A LO LOCO

Con motivo de la celebración de la jornada, primero de octubre, aniversario del nombramiento de Franco como jefe del Estado, en 1936, la televisión estrena el remake de Farenheit 451 -que incomprensiblemente iba a titularse inicialmente Picnic y llevar el subtítulo de Butifarrada-. Situada en un oscurantista futuro próximo en el que los bomberos en lugar de apagar fuegos queman libros porque la escritura y la lectura están prohibidos, la narración de Ray Bradbury ya había sido llevada anteriormente a la gran pantalla en 1966 por François Truffaut, en una adaptación del disgusto del autor de la novela matriz, que la consideraba ''falta de fluidez y energía'' y ''demasiado aséptica''. De la versión contemporánea no podría afirmar lo mismo, desde luego.

Dirigida por Mariano Rajoy, introduce una serie de novedades con respecto al original. Está rodada en color, sucede en la actualidad, y los bomberos son ahora policías nacionales y guardias civiles que persiguen urnas y papeletas de voto de un referéndum de autodeterminación considerado ilegal por el omnipotente Estado. Las escenas de acción son de un gran verismo y una violencia tal (ríanse ustedes de Los señores del acero o de Ravenous) que, es conveniente así advertirlo, puede herir la sensibilidad de las audiencias más impresionables. Por esta razón las televisiones españolas, no así la catalana ni las de otras latitudes, decidieron con muy buen criterio ofrecer un montaje un tanto descafeinado. Más artesano que artista, Rajoy demuestra pulso firme en los movimientos de masas de las secuencias de las batallas -se habla de hasta diez mil extras-, pero no logra evitar que el film se le vaya de las manos y derive impremeditadamente hacia la comedia, especialmente en las escenas de la organización e intendencia por parte de la resistencia, inevitablemente evocadoras de La kermesse heroica.

El director compareció en rueda de prensa una vez finalizada la emisión (sin derecho a preguntas, como a él le gusta). Las críticas negativas llegadas desde todos los rincones del mundo mundial menos de uno le obligaron a ello. Pero cometió un error de principiante. Adjetivar su película facilitó el trabajo de la crítica especializada. Como intenciones y resultados -lo visto en la pantalla- no concuerdan, solo cabe calificarla de fallida. Aunque no parece que ello vaya a afectar a su carrera (visto lo ocurrido con otro de sus estrepitosos fracasos, la superproducción Prestige, versión libre de Titanic ambientada en el mar de Galicia), apoyada en un tipo de espectador tan poco sofisticado como escasamente exigente.

La generalización de los comentarios adversos, con su presumible repercursión en los ingresos de taquilla, forzaron también a mostrarse televisivamente al productor ejecutivo. En una alocución que pareció exclusivamente destinada a los fans de su cine y no al espectador en general, Felipe de Borbón mostró su satisfacción con la ''proporcionalidad y profesionalidad'' del trabajo de Rajoy, justificando la dureza de las imágenes en el argumento. Porque lo exige el guion, vaya.