lunes, 8 de mayo de 2017
EL ENTRETENIDO PASATIEMPO DE LA VERIFICACIÓN DE DATOS
''Es imposible ver esta película y no amar profundamente el periodismo'', escribe Màrius Carol en ''Una mañana en el Post'', uno de sus artículos de la segunda página de La Vanguardia (29/3/2017), dedicado al envangelizador viaje de Carles Puigdemont, presidente de la Cataluña de momento solo autonómica y periodista de profesión, por los EE. UU. y, más concretamente, al hecho de haber sido entrevistado por el prestigioso The Washington Post. (Fundado en 1877, sus rigurosas informaciones sobre los
casos de los papeles del Pentágono -miles de páginas que evidenciaban las
mentiras del Gobierno norteamericano sobre la guerra de Vietnam- y Watergate, a
principios de la década de los setenta, convirtieron
una publicación local sin especial relevancia en el diario más famoso de la historia, una referencia mundial de prensa independiente que no transige ante las presiones del poder). El film al que se refiere es Todos los hombres del presidente, naturalmente. Dice entender ''la sensación de mariposas en el estómago del presidente de la Generalitat al pisar las moquetas del edificio de granito del 1 de Franklin Square. En su redacción, Bob Woodward y Carl Bernstein, dos reporteros casi principiantes, vestidos con chaqueta de pana y corbata de punto, convirtieron una de tantas noticias de la sección de local en la investigación más importante de la historia del periodismo, que acabaría con la dimisión del presidente Richard Nixon''. Paren máquinas. La redacción donde Woodward y Bernstein (Robert Redford y Dustin Hoffman, en la ficción de Alan J. Pakula) escribieron sobre el Watergate estaba en el número 1150 de la calle 15 y no en la plaza Franklin, adonde el Post se mudó en diciembre de 2015, para una mejor adaptación a las nuevas exigencias del periodismo en la era digital. Y Màrius Carol debería saberlo. Porque Jordi Barbeta, corresponsal de La Vanguardia en la capital yanqui, escribió en su momento sobre el asunto de la mudanza (15/12/2015). Y un director debería preocuparse por leer lo publicado por su diario, aunque solo fuera por estar bien informado. Ben Bradlee seguro que lo hacía.
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