lunes, 3 de junio de 2019

DELICIOSAMENTE TONTOS

Paso por delante de una tienda donde venden esas criaturas irracionales antes llamadas animales de compañía y ahora, ignoro por qué políticamente ridícula correcta razón, mascotas. No puedo resistirme a la tentación y, cual vitellone felliniano, entro a provocar un rato. Me dirijo hacia la dependienta, parapetada detrás de un pequeño mostrador, ocupada limpiándole el culo a un hámster. Le pido cualquier artículo de merchandising que tengan de Shirley Temple, por aquello de haber sido la mascota del regimiento en la película homónima que la insufrible actriz infantil rodara en 1937 a las órdenes de John Ford, como no se le escapa a cualquier persona mínimamente leída. No capta la broma (qué va a saber, si apenas debe tener veintiún años) y me aclara que aquel es un comercio ''solo de animalitos''. ''Entonces deberían ustedes cambiar el rótulo de la entrada'', replico. ''No hay motivo. Mascotas son esos seres orgánicos que viven, sienten y se mueven por propio impulso que se suelen tener en casa'', dice. ''Incorrecto. En las películas de Rin Tin Tin, sin ir más lejos, la mascota del 101 de Caballería no era el perro sino el niño, el cabo Rusty'', le suelto con cierto retintín y un desafiante aire de soberbia cinéfila. Me amenaza con avisar a la policía si no dejo de molestarla. Demudado como inexplicablemente me ocurre siempre cuando alguien me menta a las exquisitamente proporcionales y profesionales fuerzas del orden público, me marcho por donde había llegado, es decir, por la puerta. Pero antes de salir del local constato la existencia de conejitos en una estantería. ¿Los conejos, animales de compañía? Encontrarlos en un sex shop me habría extrañado menos, desde luego. Pero serán la excusa perfecta para volver otro día.

Un mes exacto más tarde regreso a la tienda después de un paseo en el que practico el noble deporte de riesgo consistente en esquivar ciclistas que circulan por las aceras (no se les ocurra decirles nada, en la ciudad de Ibiza son tan intocables como las vacas en la India). Voy directo hacia la misma dependienta (morena; excesivamente maquillada para su edad; probablemente 1,68; trazado como el del circuito de Fórmula 1 de Sepang) y, sin preámbulos ni reparos, le pregunto si tiene El conejo caliente. ''¿Te refieres a la divertida comedia francesa de los años setenta o estás interesándote por mis furores uterinos?''. Emocionado por lo que considero una respuesta afirmativa a una invitación aún no formulada, pierdo el conocimiento y me desplomo. Intentan reanimarme un chihuahua mexicano lamiéndome la oreja izquierda, un periquito expeliendo sus excrementos sobre mi frente, un primo de Bugs Bunny royendo mi chaqueta de ante (es de ante pero tiene un corte muy de ahora) y la atractiva empleada masajeándome los pies (no pregunten, yo también lo ignoro). Le insisto en dejarlo. ''Visto como terminó Antwan Rockamora, también conocido como Tony Rocky Horror, con problemas de habla desde que fuera precipitado por la ventana de un cuarto piso por realizarle frotamientos en las extremidades de cada uno de los miembros inferiores del cuerpo a la novia de Marsellus Wallace, que aunque se llamaba Mia era suya'', argumento ante sus estupefactas pupilas. Tras unos segundos de silencio que se me hacen eternos, mi nueva mejor amiga suelta convencida por esa boquita de piñón pintada de Russian Red: ''Pulp fiction, Estados Unidos de Norteamérica del Norte, 1994, Quentin Tarantino''. Sonrío. Intercambiamos miradas cómplices. Noto cómo un estado de gran satisfacción espiritual y física recorre el conjunto de mis sistemas orgánicos.