En Staying alive. La fiebre continúa (1983), Sly, también coguionista, no hizo sino una adaptación musical de Rocky, con la célebre pelea con Apollo Creed reproducida en el duelo de baile entre el ahora aceitoso y musculado Tony Manero y su rival por el pasaporte a los teatros de Broadway. El nulo éxito comercial de la cinta la relegó rápidamente al olvido. Y es tal la ignorancia sobre su existencia que, siendo algunas de las canciones de la banda sonora igualmente de los Bee Gees como en Fiebre del sábado..., ni tan siquiera se la cita en ninguno de los obituarios de Robin Gibb, traspasado en mayo pasado a los 62 años. Peor aún: las reseñas de la prensa -todas muy de agencia- omiten además la única ocasión en que el trío de hermanos angloaustralianos hicieron de actores. Un motivo, por tanto, con interés más que suficiente como para referirse a ello.
lunes, 6 de agosto de 2012
CUANDO ÉRAMOS REYES
Que Sylvester Stallone quisiera colocarse tras las cámaras para dirigir la inevitable secuela de Fiebre del sábado noche (1977, John Badham) no debería extrañar, dadas las concomitancias existentes entre las historias del repeinado bailarín discotequero de fin de semana de John Travolta y del personaje que a él le lanzó a la fama mundial un año antes, el boxeador Rocky Balboa (origen familiar italiano, clase trabajadora, condición hortera...). Historias de sacrificio y perseverancia, con redención y final feliz, que al final no dejaban de ser la suya propia. El tan traído y llevado sueño americano, en definitiva. Rocky (1976, John G. Avildsen), recuérdese, fue un proyecto absolutamente personal suyo, autor incluso del argumento escrito (¡en tres días!) desde la inspiración en el combate que por el título mundial de los grandes pesos libraron Muhammad Ali y Chuck Wepner el 24 de marzo de 1975.
Abucheado por el público del Coliseum de Cleveland (Ohio) por acudir a la cita falto de entrenamiento -otra de sus acostumbradas provocaciones para con los adversarios-, Ali retuvo finalmente la corona reconquistada frente a George Foreman en octubre de 1974 en el Zaire, pero Wepner, un púgil de segundo nivel, también norteamericano, aguantó contra todo pronóstico hasta que el árbitro detuvo el desigual enfrentamiento en el decimoquinto y último round por inferioridad manifiesta. Eso sí, a pesar de enviar al campeón a la lona (o quizá precisamente por eso) se llevó una buena tunda y acabó, muy castigado en los ojos y las cejas, casi sin visión. La épica resistencia presentada por el aspirante impresionó a todos quienes vieron el choque y especialmente a Stallone, hábil para intuir en ella la película que debería rescatarle de su categoría de actor más terciario que secundario. Visto y no visto en Bananas; Klute; El prisionero de la Segunda Avenida; La carrera de la muerte del año 2000; Adiós, muñeca y Cannonball, entre otras menos honorables, un pequeño papel de gangster en el Capone (1975) de Ben Gazzara era hasta aquel momento lo más relevante de su carrera. El favor del público y tres Oscar (película, dirección y montaje) le dieron la razón. Y aquel lunes 28 de marzo de 1977, en el mismo escenario del Dorothy Chandler Pavilion sobre el cual simuló un intercambio de jabs con Clay, en uno de los grandes momentos de la función ("You stole my script!", reprochaba el Loco de Louisville), fue proclamado como la gran esperanza blanca (ilusión deshinchada con una velocidad inversamente proporcional a cómo se le irían ensanchando músculos y cuentas corrientes), descrito por algunos comentaristas desenfocados como un (frankensteiniano, supongo) cruce de "los bíceps de Victor Mature, la boca de Rock Hudson y el andar de Robert Mitchum". Que su film (con las peores escenas de boxeo de la historia del cine pasado, presente y futuro) se impusiera el año de Network. Un mundo implacable, Todos los hombres del presidente y Taxi driver, obliga a un largo silencio valorativo de la relatividad de los premios. Tres años más tarde, probablemente en revancha, Martin Scorsese daría con Toro Salvaje toda una lección de pugilismo cinematográfico a la Academia de Hollywood y a quien estaba a punto de transmutar en John Rambo. Ganó por KO en los títulos de crédito, magníficos.
En Staying alive. La fiebre continúa (1983), Sly, también coguionista, no hizo sino una adaptación musical de Rocky, con la célebre pelea con Apollo Creed reproducida en el duelo de baile entre el ahora aceitoso y musculado Tony Manero y su rival por el pasaporte a los teatros de Broadway. El nulo éxito comercial de la cinta la relegó rápidamente al olvido. Y es tal la ignorancia sobre su existencia que, siendo algunas de las canciones de la banda sonora igualmente de los Bee Gees como en Fiebre del sábado..., ni tan siquiera se la cita en ninguno de los obituarios de Robin Gibb, traspasado en mayo pasado a los 62 años. Peor aún: las reseñas de la prensa -todas muy de agencia- omiten además la única ocasión en que el trío de hermanos angloaustralianos hicieron de actores. Un motivo, por tanto, con interés más que suficiente como para referirse a ello.
Concebida por su propio manager, el sagaz Robert Stigwood, responsable de su giro hacia el sonido disco (y productor de musicales como Jesucristo superstar; Tommy; Bugsy Malone, nieto de Al Capone; Fiebre del sábado...; Grease; Grease 2 y Evita), los Bee Gees se enfundaron junto a Peter Frampton el vistoso uniforme de la Banda del Club de Corazones Solitarios en Sgt. Pepper (1978, Michael Schultz), conversión del capital álbum de The Beatles en un cuento de hadas con buenos y malos, de estructura sencilla, narrativa poco elaborada y un cierto aire ya entonces pasado de moda. Las versiones del excepcional repertorio de los de Liverpool y la aparición, entre muchos otros, de Aerosmith; Earth, Wind and Fire; Alice Cooper; George Benson; Donovan; José Feliciano; Leif Garrett; Etta James; Curtis Mayfield; Robert Palmer; Wilson Pickett; Al Stewart; Tina Turner; Frankie Valli; Grover Washington jr. y, en un gran guiño, Billy Preston -el llamado "quinto beatle"- interpretando al Sargento Pepper, parecían un buen reclamo, pero el espectador didn't enjoy the show y no picó ante aquella descarada operación comercial cuya única finalidad era estrujar todo lo posible y más la gallina de los huevos de oro que en esa época era la familia Gibb.
En Staying alive. La fiebre continúa (1983), Sly, también coguionista, no hizo sino una adaptación musical de Rocky, con la célebre pelea con Apollo Creed reproducida en el duelo de baile entre el ahora aceitoso y musculado Tony Manero y su rival por el pasaporte a los teatros de Broadway. El nulo éxito comercial de la cinta la relegó rápidamente al olvido. Y es tal la ignorancia sobre su existencia que, siendo algunas de las canciones de la banda sonora igualmente de los Bee Gees como en Fiebre del sábado..., ni tan siquiera se la cita en ninguno de los obituarios de Robin Gibb, traspasado en mayo pasado a los 62 años. Peor aún: las reseñas de la prensa -todas muy de agencia- omiten además la única ocasión en que el trío de hermanos angloaustralianos hicieron de actores. Un motivo, por tanto, con interés más que suficiente como para referirse a ello.