En la cinta de Alberto Lecchi, decía, un affiche del Che Guevara vigila desde la pared los primeros encuentros carnales de la joven pareja protagonista. Los primeros, porque después (relajada la concienciación observada durante la dictadura militar de Videla y compañía) el intercambio de fluidos corporales acontecerá, en un picadero propiedad de un conocido, ante una enorme fotografía nocturna de las Torres Gemelas de Nueva York iluminadas. ¿Por qué del World Trade Center y no del puente de Brooklyn, más recurrido, más típico? Aunque como imagen simbólica resulte demasiado evidente, seguramente por la inevitable connotación fálica del complejo desplomado como un castillo de naipes el 11 de septiembre de 2001.
No haber visto todavía un solo cadáver pasada más de una década de aquella mediática catástrofe me permite confesar sin remordimiento de conciencia alguno no poder (ni querer) evitar una malévola sonrisa de satisfacción cada vez que ahora contemplo aquel par de descomunales rascacielos en algún film norteamericano (o sea, en todos los rodados entre 1973 -año de la inauguración del edificio- y 2001 que ofrezcan una panorámica del skyline de Manhattan). Por dos motivos principales: 1) porque también está bien que al Séptimo de Caballería le corten la cabellera de vez en cuando; 2) por lo que aquel nunca previamente imaginado posible suceso supone para abordar el futuro con optimismo: así, cuando alguien intente disuadir al personal teorizando acerca de lo dificultoso de la regeneración de sistemas políticos y económicos caducos y corruptos; de lo ineficaz de arrancar hojas del calendario para acelerar la llegada de un nuevo 14 de Abril que desarme al rey cazador de elefantes; o de lo "quimérico" de que la voluntad popular catalana se imponga frente a obstáculos formales burocráticos, siempre se le podrá escupir a la cara aquello de que "torres más altas han caído".