Escucho y reescucho la extensa entrevista de Juan Pablo Silvestre a Françoise Hardy en el ecléctico Mundo babel (RNE3, domingos por la mañana). La cantante de ''Touts les garçons et les filles'' ha publicado, a sus casi 63 años, un disco de duets, Parenthèses, en el que canta con (su) Jacques Dutronc, Alain Delon, Henri Salvador o ¡Julio Iglesias!, entre otros. Echo en falta música francesa e italiana en una radio española excesivamente anglosajonada. Aunque no viví el tiempo de su máximo esplendor artístico (principalmente en los sesenta), siete años en la Alliance Française me afranchutaron sin demasiada oposición por mi parte y con posterioridad sí le he ido siguiendo más o menos la pista. La Hardy conserva su bonita voz y sus melódicas canciones son un regalo para el oído. Habla relajada y reflexiona serenamente sobre el efecto del paso del tiempo en su carrera y su vida.
Zapeo por IB3 TV y la TEF, y escucho barbaridades lingüísticas (dicen ''Nitbona'' y ''Nitvella'', en lugar de ''nit de Nadal'' y ''nit de Cap d'Any''. Otro error que cometen habitualmente es utilizar el adjetivo catalán ''mateix'' como substantivo), producto de pretender hablar un idioma traduciéndolo literalmente de otro. Desde mi sofá les correspondo: "¡Muchos años y buenos!".
Hago el para mí insólito gesto de mirar el mensaje de Navidad del jefe del Estado. Constato que el cargo todavía lo ocupa la misma persona que Franco tuvo a bien nombrar como su sucesor en la Tierra. Atado y bien atado. La noche que más interés he tenido en escuchar al Rey, la del 23 de febrero de 1981, tardó demasiado en dejarse ver y, cansado de esperarle, me fui al cine. ¡Qué noche la de aquel lunes! Woody Allen tocando el clarinete en Nueva York, la Guardia Civil zancadilleando en el Parlamento, los tanques del Ejército desfilando bajo la luna de Valencia, un ''elefante blanco'' suelto que no se dejó cazar... y un puñado de valientes (¿he dicho inconscientes?) en el Cine Serra para ver -en familia- Escenas de caza en la Baja Baviera. De vuelta a casa, en la tele se sucedían los documentales sobre la apasionante vida sexual de los rinocerontes y el largometraje La princesa y el pirata, dos auténticos clásicos de las noches de golpe de Estado. ¿Y el Rey? Bien, gracias.
En Nochebuena Juan Carlos aparece solo -sentado, piernas cruzadas-, con un barroco belén de pocas pero enormes figuras a su izquierda, y una bandera española y una fotografía -en la que no acierto a ver con quien se saluda- a su derecha. Está excesivamente maquillado. Acompaña moviendo las manos los pasajes donde quiere poner énfasis. De toda su alocución lo que más me interesa es su corbata de color ¿fucsia? Lleva un ostentoso anillo en el dedo meñique de la mano izquierda pero no alianza de casado. ¿Por qué?
Paso lista y verifico si todas las cadenas se han contectado. Lo sigo a través de TV3 para no sobresaltarme con la Marcha de granaderos, el himno nacional del Imperio. Pienso -parece una idea lógica- que podría hacer el discurso en cada una de las lenguas españolas. Acto seguido me despierto del profundo sueño. Concluyo que lo bueno del mensaje real navideño es su brevedad y la ausencia de anuncios. Me despido de él hasta el año próximo, si Dios quiere y la III República no lo remedia.