DISYUNTIVA. Margin call, en la caja tonta. Me interesa. Por aquello de revisar el origen de la situación de crisis económica (llamémosle fraude) en la que (sobre)vivimos desde 2008. Por recrearme en el morbo, diría un psiquiatra. Pero la película tiene una pega. Y no es -que también- que Paramount Network la ofrezca sin subtitulado, sino que quien encabeza un reparto bien sugestivo (Jeremy Irons, Zachary Quinto, Demi Moore o Stanley Tucci) es Kevin Spacey. ¿Puede el espectador ver películas del actor acusado de diversos abusos sexuales como si tal cosa, como si no pasara nada? ¿Debe? ¿Aun a riesgo de ser señalado por sus amistades como de moral relajada o, lo que sería irreversible para su reputación, de políticamente incorrecto? ¿Puede separarse el hombre de su obra? ¿La censura preventiva sobre los trabajos del actor debería incluir la totalidad de su filmografía o únicamente la posterior al primer caso denunciado? ¿A la fecha que sucedió o a la que se formuló la denuncia? Hoy en día ser espectador de cine no es nada fácil. Mentalmente bloqueado por el dilema, renuncio a ver el film sobre los tiburones financieros de Wall Street. Decido relajarme escuchando música. Una banda sonora, por ejemplo. La de La traviata, versión cinematográfica, de 1982, que de la ópera de Verdi rodara el hace poco fallecido Franco Zeffirelli y protagonizara el tenor... Plácido Domingo. ¡Uf!
DÚCTIL. Después de dedicar tanto tiempo de su vida a ver la tele -solía bromear con sus amigos que su profesión era la de espectador de televisión- había desarrollado, a la comparable manera de aquel camaleónico Leonard Zelig de la película de Woody Allen, una sorprendente capacidad de mimetización con los personajes y contenidos de los programas que seguía a través de la caja tonta, llegando a transformar su carácter e incluso su aspecto físico. En comprensible y directamente proporcional consecuencia, su personalidad progresivamente fue resultando más anodina e insulsa.
REFRÁN. Dos no cabalgan juntos si uno no quiere.