lunes, 3 de octubre de 2016
LANZARSE O NO AL VOLCÁN, ESA ES LA CUESTIÓN
Producida con la holgura de medios característica de Spielberg; debut en la dirección de John Patrick Shanley, guionista (oscarizado) de Hechizo de luna y, antes, de aquella delicia excéntrica titulada Cinco Esquinas; primero de los encuentros de la (resultona) pareja cinematográfica formada durante un tiempo por Tom Hanks y Meg Ryan, Joe contra el volcán (1990) es una comedia fantástica (de género, no de resultados, muy parcialmente salvada del aburrimiento total por la simpatía del dúo protagónico y la belleza de paisajes y fotografía) cuyo personaje principal es un joven empleado de una mal iluminada, peor ventilada y atmosféricamente opresiva oficina situada en los bajos de una mastodóntica fábrica (Hanks, claro). Hipocondriaco, desmotivado, pesimista, deprimido, siempre temeroso de un jefe negrero implacable en el control de sus subordinados, secretamente enamorado de una compañera de trabajo a la que no se atreve a confesar sus sentimientos (Ryan, por supuesto), en una visita médica le diagnostican un mal incurable en la cabeza y la muerte en un plazo de seis meses (''You have a brain cloud''). Regresa más abatido si cabe al curro y ante la enésima embestida de su atosigante patrón, esta vez a cuenta de la tardanza en su salida, aprovecha la ocasión -por no quedarle futuro nada tiene que perder, piensa- para ajustar cuentas con él. Es despedido. Pero nada más llegar a casa recibe la inesperada visita de un excéntrico multimillonario que, rapidísimo conocedor de sus fatales circunstancias personales, propone patrocinarle una muerte útil (con fin ecológico después no confirmado; pero esta es otra historia…) sacrificándose en un ritual en una isla del Pacífico (por el bien de ''unos indígenas a quienes se les están cariando los dientes por abuso de refrescos carbónicos de naranja''). Acepta. Y para compartirle sus nuevos planes invita a cenar a la excolega de oficina, quien, atónita, no acierta a reconocer en ese hombre optimista, ilusionado, parlanchín y sociable al acobardado, sumiso y callado antiguo compañero de fatigas laborales. Es decir: librarse de un trabajo castrador que le anulaba personalmente, ha conseguido llenar de vida sus de natural decaídas arterias y le ha hecho incluso olvidar que sus días en este mundo están contados. La moraleja está clara.