lunes, 7 de noviembre de 2016
¿QUÉ PASA CON BOB?
El 28 de junio de 1984 el Miniestadi del F. C. Barcelona -ese capricho de la megalomanía del presidente José Luis Núñez, décadas después juzgado, condenado y encarcelado por enjabonar económicamente a inspectores de Hacienda en asuntos de sus empresas particulares- se llenó, aunque no del todo -aun así acudieron ''cerca de veinte mil personas-, por motivos extrafutbolísticos. Esa noche no jugaban las promesas de turno de la cantera azulgrana, sino dos cracks internacionales: Carlos Santana y Bob Dylan. Dicen las crónicas, la de Albert Mallofré en La Vanguardia, por ejemplo, que Dylan (''levita midi negra, botas altas y pantalón dentro de ellas, todo del mismo color. Camisa blanca, aire imperturbable'', según J. S. -seguramente Josep Sandoval- en el mismo diario) cantó mejor que nunca, que el discurso de sus legendarios clásicos pudo sonar un tanto trasnochado, y que la banda de acompañamiento -con un, a ratos, ''carente de motivación'' Mick Taylor, ex-Rolling Stones, a la guitarra- resultó un mero ''soporte sonoro simplemente funcional''. A lo largo de las dos horas y media que el ultramitificado mesías de la canción contestataria estuvo sobre el escenario combinó temas nuevos y piezas básicas de su repertorio. En la radio generalista, no así en la musical -encantados de la vida-, escucho encendidos debates acerca de la congruencia de la concesión del Premio Nobel de Literatura de 2016 a un escritor de letras de canciones. Solo falta que llamen judas a los académicos suecos por salirse de la ortodoxia. Exactamente lo mismo que hicieron los puristas del folk cuando el bardo de Minnesota se presentó electrificado en el Festival de Newport de 1965. Sobre su carrera cinematográfica todos los medios citan Pat Garret y Billy el Niño, mas nadie se acuerda que, a las órdenes de Richard Marquand (El retorno del jedi), protagonizó aquella nueva versión del clásico Ha nacido una estrella llamada Corazones de fuego, encarnando a la figura del rock que, en su ocaso, apadrina a una cantante principiante. O su atrevimiento al debutar en la dirección con Renaldo y Clara. Porque la relación del autor de ''Lay, lady, lay'' con el cine no puede considerarse secundaria. Grammys, el Pulitzer..., solo leo en dos diarios -ambos catalanes- que también tiene un Oscar. A la mejor canción original del año 2000, misma cosecha de Gladiator, Tigre y dragón y Traffic, para entendernos, por ''Things have changed'', de la película Jóvenes prodigiosos. En la misma categoría competía, es una manera de hablar, ya me entienden, con el inevitable Randy Newman y con otras dos estrellas del pop, Björk (''I've seen it all'', de Bailar en la oscuridad) y Sting (''My funny friend and me'', de la animada El emperador y sus locuras). Pero Dylan no estuvo en carne y hueso aquel 25 de marzo de 2001 en el Shrine Auditorium de Los Ángeles. Cantó, y agradeció según los tópicos propios de los Oscar (al director del film, a la familia, a su discográfica, referencias a Dios...), conexión en directo vía satélite mediante. La cosa lo pilló de gira por Australia.