lunes, 8 de septiembre de 2014

APUNTES DEL NATURAL (38)

JAU. Al apercibirse de la presencia del indio, uno más de los que -siempre atacándole de uno en uno- llevan años intentando arrancarle la cabellera por atreverse a invadir sus dominios, Jeremiah (Robert Redford) adopta la posición de prevengan. Después de unos segundos estudiándose -desde una cierta distancia, ambos a caballo, esperando cada uno el movimiento del otro-, el salvaje levanta la mano derecha en señal de saludo. Perplejo por la inusual muestra de cordialidad por parte de sus habitualmente iracundos vecinos, Jeremiah tarda en reaccionar pero corresponde con idéntico gesto. Aliviado, al fin. El intercambio de cortesía significa el final de las hostilidades y la superación de todas las pruebas de supervivencia a las que ha sido sometido -por los pieles rojas pero también por una naturaleza extrema- el antiguo soldado que decidió abandonar la civilización y aislarse en las Montañas Rocosas para vivir en solitario como trampero. Así termina Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972, Sydney Pollack), un prewestern descarnado, naturalista, contracultural (la vuelta del hombre a la naturaleza era uno de los valores del movimiento social surgido en la década de 1960), de envolvente atmósfera, poco diálogo, paisajes de magnitud y belleza infinitas, y ecos del pensador estadounidense y padre de la desobediencia civil y la ecología Henry David Thoreau. Pasa el film 13TV.

GENTILICIOS. Primer partido de la Liga de fútbol televisado en abierto esta temporada, Granada-Coruña. En Cuatro. En esa  barra que cruza la parte superior de la pantalla de derecha a izquierda, con la que distraen (en su doble sentido de entretener pero también de hacer desviar la mirada de lo importante) al aficionado con estadísticas casi siempre prescindibles, se refieren al conjunto andaluz como "nazarí". Por la dinastía musulmana que reinó allí desde el siglo XIII al XV, claro. Que el tiempo de programación del que dispone el periodismo deportivo sea irracionalmente desproporcionado ha acabado provocando esto: una creatividad que no conoce límites. Aunque alguien se los debería marcar urgentemente. Comenzando por decirles, por ejemplo, que cuando colocan en el mismo saco a todos los equipos alemanes, franceses, brasileños o israelíes, llamándoles teutones, galos, cariocas o judíos, respectivamente, es tan impreciso/inexacto como lo sería denominar íberos, visigodos o borbónicos a los españoles.