Con el mismo cosquilleo en el estómago con el que en otras vidas anteriores solía recibir los estrenos de algunos de mis directores más queridos, pero también con el pavor a las cuchilladas publicitarias con las cuales muy probablemente Antena 3 la descuartizará, me dispongo a ver Más allá de la vida de Clint Eastwood. Las historias paralelas de tres personas con algún tipo de relación con la muerte que, desde distintas ciudades y sin conocerse previamente, acabarán encontrándose, en una suerte de Vidas cruzadas sobrenatural, me atrapa desde el primer momento (particularmente la deliciosa subtrama entre Matt Damon y la hija de Ron Howard, admirable instantánea sobre la complejidad de la naturaleza humana), petrificándome ante la caja tonta. Nada de picoteo, nada de hacer pipí, nada de ir a ver si llueve o si la vecina de enfrente ha vuelto de hacer footing. No es solo el argumento, también la manera de estar filmada: familiar, reconocible, clásica. Cuando pellizcado por el primer intermedio comercial me doy cuenta de que la vida (o algo parecido) continúa fluyendo a mi alrededor, ya llevamos una hora y cuarenta y cinco minutos de película. Una hora y tres cuartos sin anuncios en una tele privada es un milagro, pero juro por la Constitución española que lo he vivido. Incluso esa primera pausa parece introducida con elegancia, como seleccionado el momento menos inoportuno, en contra de lo acostumbrado, metidas a conciencia para fastidiar todo lo posible y más. De los aproximadamente cuarenta minutos restantes, veinte serán directamente de publicidad, con un segundo intermedio muy seguido al anterior. Rota la magia del momento, película y espectador llegamos como podemos a un desenlace que no está a la altura del arranque: el guion flojea y algunas situaciones parecen forzadas. ¿Pero es así realmente o quizá mi atención haya podido relajarse con las interrupciones? La incógnita, no siempre fácil de despejar, es el riesgo asumido cuando se decide ver cine en según qué teles. En TVE, en cambio, es otra cosa.
Desde 2010 los únicos anuncios comerciales emitidos por los distintos canales del ente público estatal corresponden al patrocinio de espacios; el resto son promociones de la casa y propaganda institucional. En ningún caso programas o films padecen cortes publicitarios. Y poder ver en la pequeña pantalla una película tal como la trajeron al mundo -en V. O. y sin parones- es un lujo, ciertamente. Pero "il n'y a pas d'amour heureux", como dijo Georges Brassens. Porque de manera inmisericorde para con el cinéfilo, el celuloide es profanado continuamente con sobreimpresiones-recordatorios de próximas emisiones. Unos irritantes y provocadores impactos visuales (flashes de aproximadamente cinco segundos) ante cuyo parpadeo parece imposible permanecer imperturbable y no dirigirles la mirada. Salvo, claro está, que se tenga el equilibrio cuerpo-mente-espíritu, control de la energía interior y sentido del humor de aquellos extravagantes y georgeclooneyanos caballeros jedis capaces de fulminar cabras con solo mirarlas fijamente.