lunes, 16 de diciembre de 2013

¡NA, NA, NA, NA, NAA, NA, NA, NAAAAA...!

Aquel muchachote sureño llamado Elvis Presley vendió su rebeldía a cambio de un bonito uniforme de soldadito. El sistema siempre ha sabido cómo neutralizar a quien puede provocarle urticaria (excepción hecha de Muhammad Ali; pero es que Clay era, es y será siempre the Greatest). El futuro suegro a título póstumo de Michael Jackson fue devuelto de su destino militar en Alemania Occidental reconvertido en galán de tontorronas películas románticas (nunca entendí cómo podían gustar tanto a mis compañeros de colegio) y patético confidente del FBI. Acabó como entertainer en la estéticamente distinguida Las Vegas, disfrazado no se sabe muy bien si de mariachi, jefe de pista circense o astronauta. Aunque en el fondo este es el Elvis que prefiero, el de su última etapa (de su autoconsciente decadencia artística, física y espiritual), más crooner que (ya improcedente) rockero, porque pone su excepcional voz negra al servicio de estupendas canciones, tanto de su propio repertorio como standards inmarchitables de la música popular norteamericana, ante la redentora interpretación de algunas de las cuales uno no puede hacer otra que arrodillarse y ponerse a rezar de cara a Graceland.

Adaptado para la ocasión, uno de aquellos viejos éxitos suyos ha sido recuperado ahora por la Lotería Nacional para el anuncio del sorteo del Gordo del 22 de diciembre ("Ya llegó la Navidad, pon tus sueños a jugar..." donde decía "You are always on my mind, you are always on my mind..." -la súplica de una segunda oportunidad sentimental, en realidad-), ejecutado por cinco conocidos cantantes españoles de diferentes sexos, estilos y generaciones (buscándose la identificación de todos los segmentos de la audiencia), reunidos en una nevada plaza de pueblo en torno a un gigantesco árbol de Navidad (el ambiente rural simboliza el retorno al pasado, al nostálgico tiempo despreocupado y feliz de la infancia y primera adolescencia). Pero en lo que debería haber sido un rutinario encargo, y tal como hiciera en la película Blancanieves con los cuentos infantiles, Pablo Berger, realizador del spot, ha dado una vuelta de tuerca a los anuncios televisivos navideños, introduciendo elementos del género de terror (y una casi imperceptible vindicación homosexual, en este caso femenina, más difícil de detectar y menos incómoda para el mayormente conservador espectador catódico) donde antes abundaban articuladas muñecas de Famosa, azucaradas vueltas a casa y chispeantes burbujas de resplandor hoy mustio (la crisis de Freixenet no es económica, es de ideas). Porque dejo al margen la evitable (y por lo tanto traicionera) poco favorecedora imagen mostrada de la a mi parecer (por su edad y delicado estado de salud) indefensa Montserrat Caballé, pero Raphael imitando el canturreo de los niños del Colegio de San Ildefonso acompañando con un ambiguo gesto con la mano derecha, tan inocente como inquietante, da más miedo que el predicador comecriaturas de Robert Mitchum en La noche del cazador silbando la nana de La semilla del diablo y ofreciendo pastillas de chocolate como cebo por la vampiresca ciudad de Düsseldorf. Una visión ante la amenaza de la cual, no les quepa ninguna duda, no habrá crío que llegada la hora de acostarse no salga corriendo y sin rechistar hacia la cama.