SIRENAS. Que un partido de waterpolo ocupe el prime time nocturno es un hito (por waterpolo y por femenino) difícil de creer que haya sido posible. La expectación creada por la trayectoria del grupo dirigido por el exjugador Miki Oca -portadas de prensa e informativos nacionales esos días incluso- decidió a TVE trasladar de Teledeporte a La 1 la final de la especialidad de los últimos Campeonatos del Mundo de Natación celebrados en Barcelona (España, 8-Australia, 6). Paradójicamente, la misma televisión que habitualmente se lo niega le descubre al espectador (en horario estelar, encima) otros mundos deportivos posibles. ¿Será este capaz de, una vez probado, exigir que no le retiren el plato? ¿O continuará dejándose cebar, como tiene por conservadora costumbre, con el omnipresente/omnipotente fútbol?
INGENUA. En una decisión que levantó cierta polémica pública, Lucía Etxebarria entró a concursar en Campamento de verano, un reality de Telecinco donde una serie de personas más o menos conocidas (ellos los llaman "famosos": la madre del extorero Jesulín de Ubrique, la exconcejala del vídeo onanista, la discutida/discutible periodista Karmele Marchante, uno de los machotes de Gandía shore...) juegan a boy scouts. Pero a los pocos días la escritora salió por piernas del programa alegando acoso y amenazas por parte de otros participantes. Había justificado su descenso a los infiernos televisivos en la deuda económica mantenida con Hacienda. Aseguró: "En una semana en el campamento ganaba más (dinero) que por cualquier libro que he escrito". En Sálvame deluxe, en pleno trabajo de amortización de la (pen)última acrobacia ideada en el laboratorio de experimentos catódico-circenses de la casa, Terelu Campos (aunque solo le ofrecen suplencias vacacionales no se siente infravalorada profesionalmente) le suelta que ya sabía donde se metía. Pues no lo parece. Lucía se puso en el escaparate y fue rápidamente captada por la telebasura, ante cuyos cantos de sirena de su jugoso y fácil dinero tantos han perdido/vendido su dignidad. Si la autora de Amor, curiosidad, prozac y dudas (valenciana de 46 años) tenía un interés, la tele (como una transacción comercial más, porque es así como lo entienden) le está cobrando los suyos. Pretender salir ilesa de un trato con Lucifer es de una candidez que no se le suponía. Ahora, con el diablo dentro del cuerpo, quizá ya no sea suficiente con el padre Karras y haya que avisar también al más ducho padre Merrin.
TELEXPECTADOR: "Persona que ha dejado de ver la televisión, probablemente por la pérdida de interés de sus contenidos temáticos".