viernes, 2 de marzo de 2007

QUINTERO Y LOS ESCAPES DE GAS 'BUTANITO'

Quién les iba a decir, cuando compartían franja horaria y eran las estrellas intocables de la radio nocturna, que veintitantos años después se verían envueltos -revueltos- en un episodio de ¿censura? por un quítame allá unos insultos que, según la dirección del ente público televisivo, el otrora azote de dirigentes deportivos habría proferido hacia terceros, cuartos y quintos en La noche de Quintero (La 1).

La libertad de expresión, como en los viejos tiempos, nuevamente puesta en boca de José María García -su mujer es catalana y se llama
Montserrat-, él que tan particular interpretación siempre hizo de la misma y de la que con su discutible estilo periodístico se aprovechó hasta acabar convertido no sólo en un fenómeno social, sino en un poder fáctico en sí mismo. Entre otras habilidades suyas, rodearse de un halo de victimismo con el que ha ido presentándose como un Quijote en lucha permanente contra los poderosos molinos siempre prestos a silenciarle.

A Quintero, colocado en una situación incómoda, es la segunda vez que TVE le impide emitir una entrevista (Ynestrillas fue el primer caso, la temporada pasada) y no debe ser fácil pasear por la calle con cara de dejarse meter mano en el programa (aunque las cláusulas del contrato contemplen esta posibilidad). Presentar la renuncia hubiera sido cool, un gesto apropiadamente romántico a la vez que insólito, pero las razones para no hacerlo esgrimidas el pasado martes (no enviar a sus colaboradores al desempleo ni dejar huérfanos a los espectadores) sonaron demasiado prosaicas. Malos tiempos para la lírica, incluso en La colina.

Sigo la pista de Jesús Quintero desde Tres a las tres, un magazine de sobremesa junto a Cristina García Ramos y Pepe Ferrer, antes de que se inventara el personaje del Loco en Para mayores sin reparos -también en RNE1-, que "desde el Guadalquivir de las estrellas" revolucionó las madrugadas radiofónicas de la primera mitad de la década de los ochenta, transformándolas en refugio para corazones solitarios bajo el cielo protector de la música de Leonard Cohen o Pink Floyd. Muerta la magia de la radio a manos de la caja tonta, me cuesta reconocer el espíritu original en su regreso a la tele pública estatal. Le perjudican una inadecuada ubicación en la parrilla (en La 2, a altas horas y sin presiones de share sería un programa de culto, ad aeternum), la obligada desaparición de todo atrezzo atmosférico prohibido (el tabaco, vaya), la ausencia de sus característicos prolongados silencios (la televisión actual no respeta los tiempos muertos ni en los partidos de baloncesto) y que las entrevistas no son tales sino fragmentos (fragmentados, además) de ellas, con lo que el programa tiene la impronta de un grandes éxitos. La noche de Quintero es un recopilatorio, un resumen, un final de carrera, una recreación de algo que un día existió.