lunes, 9 de diciembre de 2019

TARZÁN DE LOS MOGAMBOS

Uno de los más sonados (en todas las acepciones del término) episodios de censura franquista fue cuando, en Mogambo, para ocultar la relación amorosa entre los personajes de Clark Gable y Grace Kelly, el doblaje español convirtió a la que luego sería princesa de Mónaco en hermana del que en verdad era su marido. Se prefirió mostrarle al reprimido y tutelado espectador de la época un incesto a un adulterio. Porque unos pecados eran considerados más absolutorios que otros, seguramente. No fue esa la única vez que ocurrió algo así. En una de esas sesiones cinematográficas diarias con sabor a tarde de sábado televisiva de antes, la cadena Trece ofrece Tarzán el justiciero (1960, Robert Day, Gran Bretaña), última de las ocasiones que Gordon Scott incorporara a la popular creación de Edgar Rice Burroughs. Hablando un inglés perfecto, repeinado con brillantina y musculado como un culturista, su hombre mono era mucho más civilizado que el primitivo, pero indiscutiblemente más genuino, de Johnny Weissmuller. Tarzán atraviesa la jungla para llevar al malvado Coy Banton ante la Justicia. No van solos. Les acompañan un grupo de pasajeros cuyo barco fue hundido por la familia del prisionero, a quienes llevan pisándoles los talones. La tensión entre el séquito es manifiesta. Intranquila y desengañada por la poca desenvoltura (y el miedo, la cobardía, el racismo...) demostrada por el hombre con el que viaja y comparte apellido -Ames-, una de las mujeres, Fay, inicia unas maniobras de aproximación hacia el viril Coy (Jock Mahoney, más tarde también haría de Tarzán en dos films), seducida por su lado oscuro. Herido en su orgullo por el indisimulado tonteo, el señor Ames increpa a Coy para que deje de jugar con su mujer. ''My wife'', dice. Pero en el subtitulado español, transcripción de la banda de sonido doblada en su día al idioma de Sergio Ramos, se lee ''mi hija''. De nuevo, una relación entre parientes encubriendo otra entre una persona casada y otra que no es su cónyuge. Como no sigo la película entera desconozco por dónde chirría en imágenes, una vez conocida la trampa, el vínculo paternofilial interpretado por dos actores, Lionel Jeffries y Betta St. John, cuya diferencia de edad era únicamente de tres años (aunque también es cierto que el físico característico de él podía hacerle parecer un poco mayor de lo que en realidad era).