En ese programa-repaso de nuestras vidas (no solo cinematográficas) que es Historia de nuestro cine (TVE2, noches de lunes a viernes), revisión de El amor del capitán Brando, parábola sobre la realidad española del momento -el tardofranquismo-, a partir de la reunión en un pequeño, retrógrado y asfixiante pueblo castellano del triángulo formado por una joven maestra de incomprendidos métodos progresistas, un maduro republicano regresado del exilio y un sensible adolescente de trece años, alumno de aquella. La película de Jaime de Armiñán, de 1974, mantiene fresca su narrativa y, como siempre habrá una España de horizontes estrechos y escasez de ideas que se resista a desaparecer, vigente su mensaje. Espléndidos tanto los títulos de crédito, con dibujos de los personajes en ambiente western, como la banda sonora de José Nieto, también con aroma del lejano Oeste.
En su paseo por las calles de Madrid antes de que, después de haber pasado la noche juntos, ella se marche a la francesa en busca de ambientes oxigenados, los protagonistas (un Fernando Fernán-Gómez de 53 años y una Ana Belén de 23, los mismos que podrían tener sus personajes) se paran ante un cine que proyecta Gritos y susurros. Ella, Aurora, le pone al día y le aclara que ''ahora se llama Azul''. Él, Fernando, asiente, comprendiendo el cambio de denominación de la sala por la connotación falangista del color que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Ella le pregunta si quiere entrar, pero él ''prefiere pasear'' (¿declaración de principios de Armiñán sobre el cine de Bergman? Con el cine parabólico ya se sabe, se encuentran respuestas donde quizá ni tan siquiera hay preguntas).
El cine ante el que se detienen no era producto de la ficción cinematográfica, existía realmente. Y con ese mismo nombre. Situado en el número 76 de la Gran Vía, inaugurado en octubre de 1933 como Velussia, el Azul, que así pasó a llamarse en 1939, era una sala pequeña, primero de sesión continua y después de estreno, caracterizada por lo heterodoxo de su programación y lo muy confortable de sus butacas. Resistió hasta 2007, según constato en la hemeroteca de Abc, cuando cerró para transmutarse en restaurante. Como también era real que Gritos y susurros se estaba proyectando allí en ese momento. Qué poco debían imaginarse durante el rodaje de aquella secuencia que la película que sucedería en la cartelera del Azul al melodrama del maestro escandinavo era la suya, el Capitán Brando, que incluso la superó en éxito, al permanecer en cartelera más de un año ininterrumpidamente. Otros tiempos, claro.