lunes, 6 de junio de 2016

REBELIÓN EN LA GRANJA

''Como español, me siento rechazado por un pueblo al que siempre he admirado, es como querer a una persona que te mira por encima del hombro y te dice que no eres suficiente para ella''. La aportación de Antonio Banderas, en ''La contra'' de La Vanguardia del 5 de diciembre de 2015 (no comparto el entusiasmo general con esta sección; las entrevistas se someten a un elaborado trabajo de edición), a ''la deriva independentista catalana''  (por decirlo en palabras de la política y el periodismo españoles), es cuanto menos singular. Afortunadamente no habla como la caverna, a la que en realidad lo que le escuece es la rebelión de un territorio considerado suyo por derecho de conquista (a sangre y fuego, por supuesto); pero de alguien leído y viajado como el actor malagueño -veintitantos años residiendo en los EE. UU. deberían facilitar observar las cosas con distanciamiento racional- cabría esperar más densidad de pensamiento. Se presenta, él, o sea, España, despechado porque esa a quien tanto dice querer ha dejado de corresponderle. Lo plantea, cree para su mejor comprensión, no como una cuestión política, sino sentimental. Seguramente porque él entiende de rupturas amorosas. Antes de Melanie, en 1996, ya se separó de la actriz española Ana Leza, precisamente para irse con la hija de Tippi Hedren, por lo que ya lleva dos  divorcios a sus espaldas. ''Llega un momento en el que lo que te parecía maravilloso acaba ahogándote, a veces incluso sin que haya terceras personas, como creo que ocurre en este caso'', escribió en su momento en ''ExtraRosa'', su blog en la edición digital del diario El Mundo, precisamente sobre el asunto –el affaire Banderas-Griffith, no el catalán-, la veterana periodista del corazón Rosa Villacastín. Pues algo de eso es lo que ocurre con el procés. Cataluña, sin terceras personas mediante, ha decidido romper con un matrimonio que no fue de conveniencia como aquel entre Gérard Depardieu y Andie MacDowell, en el que ambos tenían algo a ganar, sino a la fuerza. Aquella gallineta de Lluís Llach, ahora sí, ha decidido dejar de ponerle huevos frescos a quien lleva trescientos años aprovechándose de ella; dice que, como unos pocos granos de trigo ya no le compensan, prefiere volar sola y acostarse únicamente con gallos sanos y valientes, cansada como está de impotentes y de pasar noches aburridas. Es lo que tienen las cluecas: un día se les acaba la paciencia y acaban montando un buen... pollo. Y Banderas debería saberlo. ¿O es que para prestarle su voz al Gato con Botas no realizó un trabajo previo de profundización en la psique animal?