Haciendo zapping paso de puntillas por la a la vez pía e infernal 13TV (el infierno es un dogma católico, recuerdo). Aunque la impresión es que dedican las veinticuatro horas del día a esas graciosísimas tertulias alimentadas por el anticatalanismo más primario (a años luz de los escuetos -y extemporáneos- apuntes que en idéntico sentido ideológico pero con guante de seda introduce periódicamente Juan Pablo Silvestre en ese "viaje en primera clase" que, aun con esas incomprensibles invitaciones a mover el dial, efectivamente es Mundo babel, RNE3), por lo que se ve también pasan películas. Un solo fotograma me basta para reconocer el no estilo de Pasolini e identificar incluso el film; cuando instantes después aparecerá en pantalla Enrique Irazoqui enfundado en una túnica (sagrada, naturalmente) se confirmarán mis creencias (cinematográficas, que no religiosas): El Evangelio según san Mateo. El momento me devuelve a la memoria uno de los homenajes cinéfilos más emotivos -sencillo y sobrio- que uno recuerda. En el episodio ''En mi vespa'', de su aclamada Querido diario, Nanni Moretti confiesa ignorar el motivo por el cual nunca antes ha visitado el monolito que en un descampado cercano a la playa de Ostia conmemora el asesinato allí el 2 de noviembre de 1975 de Pier Paolo Pasolini -cineasta, dramaturgo, poeta, articulista, marxista, homosexual, católico, tifoso del Bolonia de fútbol...-, última parada de su periplo por la ciudad de Roma en ciclomotor con ruedas pequeñas que tiene una plataforma para apoyar los pies y en su parte delantera una plancha protectora de las piernas.
A lo largo de unos cinco minutos de metraje, aparentemente sin editar, Moretti circula por una larguísima calle-carretera de desolados paisajes poligonero-playeros, donde abundan coches aparcados (muchos parecen incluso abandonados) y contenedores de basura (cuento no menos de una treintena). Al llegar al lugar baja de la moto y, desde la distancia (la cámara también ha seguido su peregrinaje desde lejos, como queriendo respetar su intimidad), tal vez negándose a admitir todavía aquel ignominioso suceso -uno más de las cloacas políticas italianas, malolientes desde los tiempos de Julio César, si no antes-, mira el pequeño monumento de discutible estética situado detrás de una portería -sin red- de un improvisado campo de fútbol. Todo ello con la única voz de The Köln concert, del pianista de jazz Keith Jarrett, a la manera de réquiem.