Es agua pasada pero sigue removiéndome molinos internos. Me refiero a la entrevista que Ana Pastor le hizo en marzo pasado en el palacio presidencial de Teherán al primer mandatario iraní, Mahmud Ahmadineyad (el auténtico, no la extraordinaria composición de la delirante Muchachada nui), con la que topo de nuevo al revisar viejos (pero todavía no demasiado amarillentos) papeles. La periodista estuvo combativa y no se amilanó para tocar temas delicados cuando se juega en campo contrario (lapidación de mujeres, represión política, persecución a homosexuales...), siendo su actitud generalizadamente elogiada. Lejos de Oriente Medio, claro. Como tampoco pasó desapercibida para nadie la vindicación feminista simbolizada en ese pañuelo que le cubría la cabeza (algo obligatorio para las mujeres en Irán) y que poco a poco fue sibilinamente deslizándose hasta acabar sobre sus hombros, dejando los largos y morenos cabellos al descubierto. Un gesto infantil o desafiante políticamente, según la latitud desde donde se realice/observe; desde luego, menos inconsciente de lo reconocido con posterioridad por la periodista. "Le gusta que le conteste según usted quiera... Usted no tiene que decidir en lugar de los televidentes", respondía Ahmadineyad a las constantes subidas a la red de la presentadora de Los desayunos de TVE (La 1). Mientras, ella, que debería cuestionarse si no se excedió en su protagonismo durante la entrevista, le recordaba: "Los periodistas... no sé aquí, pero en España no estamos acostumbrados a responder preguntas, sino a hacerlas". "Cuando nos dejan", le faltó matizar. Porque, en realidad, lo que se lleva es que la prensa acepte humillarse profesionalmente acudiendo a esas ruedas de prensa sin derecho a preguntas, últimamente muy de moda. Y una rueda de prensa sin preguntas es como una paella sin arroz.
Un mes después de la pugna iraní, la Pastor se las tuvo en el mismo programa matutino con María Dolores de Cospedal, saliendo en defensa de la independencia informativa de la casa, al recriminarle la secretaria general del Partido Popular la -según su interesado parecer- falta de objetividad de la cadena pública ("a veces, las informaciones de TVE dejan mucho que desear en el ámbito de lo político"). La presumible victoria de la ultraderecha en las próximas elecciones generales del 20-N, y conociendo cómo se las gastan, significarán un importante movimiento de sillas entre la plantilla del ente público. Una de las que perderán la suya será sin ninguna duda la propia Ana Pastor, marcada con un círculo desde las filas populares desde hace mucho tiempo. Una periodista relevada por no ser de los de la cuerda del Gobierno de turno... Más o menos como en Irán, vaya.