lunes, 20 de diciembre de 2010

EL 'ESPÍRITU CAPRA'

Igual de típicas de la temporada como los anuncios del turrón El Almendro y de las muñecas de Famosa (o las retransmisiones del sorteo de la Lotería y de los saltos de esquí desde Garmisch), la inevitabilidad de la Marcha Radetzki -que invariablemente cierra el tradicional Concierto de Año Nuevo (TVE1)- y de ¡Qué bello es vivir! -otra cita televisiva ineludible- las ha acabado convirtiendo en objeto de bromas repetidas puntual, cansina e irremediablemente por indocumentados tanto de la música clásica como de la obra de Frank Capra. El pobre Capra, ¡ay!, reducido a director de películas de Navidad; él, a quien se debe la autoría de la comedia de la época dorada de Hollywood. El realizador que más ha loado al hombre corriente anónimo; esa persona profundamente honrada (a la que James Stewart y Gary Cooper prestaron sus facciones) que, erigida en representante de la mayoría silenciosa para enfrentarse a las grandes estructuras político-económicas que prentenden asfixiar al individuo, logra restablecer el orden natural de su universo más inmediato.

Ganador de tres Oscar por Sucedió una noche (1934), El secreto de vivir (1936) y Vive como quieras (1938) -en su etapa más fructífera-, después de la II Guerra Mundial su cine fue perdiendo el favor de un público cuyos gustos y preocupaciones ya se parecían poco a los del espectador de la Gran Depresión. Su canto del cisne, en 1961, fue Un gangster para un milagro, otro film navideño, porque los tópicos siempre encierran algo de razón. Había nacido en Sicilia, como don Vito Corleone, y murió en California, como Marlon Brando (pero en La Quinta, no en Los Ángeles), el 3 de septiembre de 1991 a los 94 años de edad.

Subestimadas durante largo tiempo en razón de lo anticuado del continente, la ola de corrupción general que nos invade (más la necesidad de acercarse a la espiritualidad oriental del Occidente en crisis de valores cíclica. Véase Horizontes perdidos, 1937) ha devuelto actualidad a su contenido. Así, películas como Dama por un día (1933), Caballero sin espada (1939), Juan Nadie (1941) y obviamente ¡Qué bello es vivir! (1946), caracterizadoras del estilo sentimentaloide y empalagoso pero optimista para con el género humano por el cual Capra es recordado, deberían formar parte del método Ludovico al que habría que obligar como terapia a todos aquellos impostores que un día decidieron dedicarse a la política para hacer caja. Antes de embarcarlos en una confortable goleta tipo la Amistad rumbo a su redención en las plantaciones de algodón de Alabama, claro.