ATADOS Y BIEN ATADOS. Me pregunto cuántos familiares de asesinados y represaliados por el fascismo durante la Guerra Civil y los 36 años de paz (?) que siguieron deben encontrarse entre los espectadores de ¡Mira quién mira! (Telecinco). Y sobre todo, ¿qué sienten cuando ven a la televisivamente disputada nieta del Caudillo de España por la Gracia de Dios siendo lisonjeada y reídas todas sus simplezas mientras más de cien mil muertos continúan mal enterrados en las cunetas de caminos y carreteras del Imperio?
MUJERES Y NOMBRES. Llama sospechosamente la atención tanto el trasvase de pretendientas desde el Elígeme que Carlos Baute presentara en Cuatro como el elevado número de chicas con el nombre de Jenny, en el cada vez más inenarrable (pero a veces gracioso) Mujeres y hombres y viceversa (Telecinco). Me coge meditando en ello el pase en Antena 3 de El maestro del disfraz, película en la que el personaje interpretado por una Jennifer Esposito merecedora de vehículos de más altura se llama... Jennifer. Como también atendía por idéntico nombre la estudiante de música sin posibles económicos a quien dio vida (y muerte) Ali MacGraw en Love story, ese clásico del melodrama en almíbar revisado algunos días más tarde. ¿Ocurre algo que deba saber?
PENSAMIENTO FILOSÓFICO. Nada televisivo me es ajeno.
PERSPECTIVA. Treinta y algún años después de la primera vez le encuentro la gracia que no supe verle en su día. No sé si es por el en todos los sentidos desmesurado pero entrañable malo Richard Kiel, los pantalones setenteros del protagonista, los efectos especiales (afortunadamente aún no eran digitales), los encantos naturales de las localizaciones turísticas o los encantos no menos naturales (sin colorantes ni conservantes y convenientemente sugeridos, fugaz desnudo incluido) de Barbara Bach, una de los floreros Bond de más perdurable recuerdo (e ignorante entonces todavía de su futura boda con Atouk, el más primitivo de los cuatro beatles; hoy continúan aún felices, comiendo mirlos y tocando la batería). La espía que me amó (1977, Lewis Gilbert) fue la primera del agente con licencia para matar que vi con el acartonado Roger Moore (un mediocre actor triunfante en la tele con las series El Santo y Los persuasores, y que como 007 firmó un estupendo plan de pensiones), con la franquicia manteniendo aunque diluidas las constantes referenciales pero definitivamente inclinada hacia la autoparodia. Vista ahora es un entretenimiento para todos los públicos digno y a ratos divertido.