jueves, 8 de enero de 2009

ESPAÑOLA(N)DAS

"Aunque, que conste, que hasta en las pelis malas yo estoy bien como actor", dijo el encantado de haberse conocido Alfredo Landa en la presentación de Alfredo el Grande. Vida de un cómico, el libro que sobre él ha escrito el crítico de teatro Marcos Ordóñez. A falta de voluntarios hace bien reivindicándose él mismo. Porque a diferencia de José Luis López Vázquez no tuvo un Carlos Saura que le permitiera dignificar una filmografía donde se incluyen Las verdes praderas, El crack y Los santos inocentes, pero también un excedente de calzoncillos (No desearás al vecino del quinto; Simón, contamos contigo; Préstame quince días; Aunque la hormona se vista de seda...; Los días de Cabirio; París bien vale una moza; Guapo heredero busca esposa; Manolo la nuit; Dormir y ligar: todo es empezar; Fin de semana al desnudo; Solo ante el streaking o Celedonio y yo somos así, por ejemplo).

En el libro, Landa tiene el detalle de no dejar títere con cabeza entre buena parte de la profesión, descubre la sorprendente invitación que –asegura- le realizó Alfredo Matas para participar en un ménage à trois con Amparo Soler Leal –quien tiempo después se convertiría en la esposa del productor- y Maurice Ronet (extraño reparto tanto para una película como para un combo sexual), y ofrece una explicación del episodio de los Goya del año pasado, cuando al recoger el premio honorífico hizo un discurso totalmente incoherente.

Descartado cualquier tipo de enfermedad, al definir ahora aquello como "un gatillazo emocional" parece claro que simplemente se trató de otro de sus autohomenajes. Un –como dicen ahora- tributo a su popular personaje de españolito reprimido y acomplejado que corría en paños menores detrás de suecas despampanantes con quienes la mayor parte de las veces no llegaría a consumar, psicológicamente superado por la responsabilidad de dejar bien alto el pabellón del macho ibérico. Mismamente como en los Goya.