martes, 23 de diciembre de 2008

EFRÉN: SEDUCIDO Y ABANDONADO

"Toda oferta genera su propia demanda", dice una máxima de economía que da respuesta a aquella discusión que se remonta a la noche de los tiempos sobre si fue primero el huevo de los programas o la gallina de las preferencias del telespectador. Algo de eso ha ocurrido con Soraya: le hicieron creer que sentía atracción por Efrén, pero cuando se lo llevó no supo qué hacer con él. Lo suyo duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Lo de menos es si ella y el granhermano Carlos H. celebraron el reencuentro echando unas cañas al aire o si, ya que estaban en Madrid y sin remordimientos, como un deseo infantil buscaron una pensión para comerse a besos. Lo de más es la devastadora capacidad hipnótica y manipuladora de sentimientos y voluntades que tiene la televisión practicada sin la protección adecuada.

Presentado con gestualidad de prestidigitador por ese temible lobo con piel de cordero llamado Emma García, Mujeres y hombres y viceversa (Telecinco) -el laboratorio de cobayas deseado por toda cadena que base en la retroalimentación el grueso de su parrilla- contiene todos los elementos del género melodrama para ocupar el lugar de los culebrones venezolanos que un día estuvieron de moda. Un concurso (hay un trofeo, unos aspirantes y unas pruebas a superar, luego es un concurso) incapaz de escampar los nubarrones que sobrevuelan a buena parte de los participantes, sospechosos de acudir al espacio como platóforma de lanzamiento personal, pero también con momentos de autenticidad como el emotivo y singularmente bien expresado razonamiento de su decisión por parte de la sincera y dubitativa tronista Verónica a sus tres finalistas.

Desde antes incluso de la comunicación de la ruptura por parte de Efrén, la inmadura Soraya ("la persona equivocada", en acertada predicción de Virginia, la rival y un lujo a precio de ganga en un programa de ofertas) está desaparecida en combate y no quiere saber nada de la tele. Demasiado tarde. Tras vender su alma al diablo, es éste quien decide si, no o hasta cuándo tiene que haber interés por ella. Quiso ser la Campanilla de Peter Pan y acabará convertida en un irrelevante personaje más del show de Truman catódico. Una cruz que, pasado el susto inicial, sobrellevará "actuando" (?) en los "bolos" (?) que pueda conseguirle su "representante" (?). Pero por respeto a los espectadores enganchados al proceso de (s)elección que las cifras de audiencia quisieron dilatadísimo y a su ecléctica final (dudar entre Soraya y Virginia es como no saber si comprar unos zapatos o un paraguas), Mujeres y hombres... debería recordarle a la frustrada pareja que, mal que les pese, no se admiten devoluciones. Porque lo que la televisión ha unido en la Tierra, ¡no lo separa ni Dios en el Cielo!