Apuesto doble contra sencillo que, a raíz de la reciente reposición de Carlota (2000), como homenaje a Pedro Amalio López, a TVE no tardará en volver a darle por insistir con el Estudio 1. Lo del teatro en la televisión pública estatal es... dramático. Un quiero y no puedo.
Obsesionados con el recuerdo de uno de los referentes de la memoria histórica televisiva de cuando el monopolio e incapaces de arriesgar en la realización, los últimos -y poco convencidos- intentos de resucitar lo irrepetible (el gran encanto de aquellos estudiosuno era su extraordinario plantel de actores pero también la juventud que teníamos entonces) consistieron en rodar las nuevas obras recreando plano a plano lo que se hacía treinta años atrás, programándolas en prime time cuando al espectador de hoy se le ha (mal)educado para otros fines.
Sin embargo, no es cierto que los aficionados no puedan encontrar teatro en la tele actual. Lo hay en la información política de los noticiarios (teatro del absurdo, pésimos argumentos, actores mediocres), en el Tomate (sainetes madrileños, risa fácil para público poco exigente), en el polígrafo (teatro de marionetas), en las constantes referencias de Boris Izaguirre y Jesús Vázquez a sus respectivos maridos (temática gay, más La Jaula de las Locas que Tennessee Williams) y en los innumerables espacios culinarios, con los cocineros, perdón, los... artistas disfrazados de monjes shaolines (teatro kabuki). ¡Cuánta razón tenía la Lupe!