Crítico primero y después guionista destacado, fue el director del cine de la Transición. Ninguneado por las envidias del Oscar de Volver a empezar, amagó con abandonar la profesión. Cuando regresó, agotada la coyuntural fórmula de su éxito (cóctel de amargura, nostalgia y autocomplacencia), desempolvó melodramas beatos de los años cincuenta. Un giro de su filmografía tan radical como el también observado ideológicamente: de compañero de viaje del PCE a intelectual del aznarismo. Presentó en televisión Qué grande es el cine, parada inexcusable apreciada por la selección de títulos pero reprobada por su emisión doblada. Ha hecho radio, escrito y editado libros, dirigido teatro... Desdeñado desde el primer momento por el diario El País, José Luis Garci ha compartido durante décadas en Abc su cinefilia y resto de aficiones.
''Para aquella primera sociedad con sobredosis de televisión fueron una metadona muy pura y que además regalaban. Todos ellos, escritores y humoristas, apostaron por la vida de al lado, por el pan nuestro de cada noche, con palabras comprensibles, llenas de emoción y verdad. Al principio quisieron ser Clifford Odets, Tennessee Williams o Arthur Miller, pero las dificultades de estrenar en Broadway les llevaron a los estudios atrezados con un solo decorado y tres telecámaras -la una y la tres cruzadas, y la dos en el centro, para cuando se levantaban los intérpretes-, donde todo era en directo y las escenas debían terminar en punta para los cortes de publicidad. Pero muy poco después aquellos autores descubrieron que cualquiera de sus folios llegaba más lejos que 'La muerte de un viajante' por cientos y cientos de representaciones que la dieran. Y que, además, eran tratados con respeto. Eran escritores de verdad y no como los de Hollywood, a los que nunca les dejaban opinar sobre su trabajo una vez sacada la última cuartilla de la máquina. En Nueva York nadie cambiaba una coma de un guión sin antes telefonear al escritor. Y luego estaba lo otro. Tu nombre salía en letras grandes, en un solo cartón y sin ningún vecino. Había muchas clases de televisión, desde luego, pero empezaba a existir una donde los escritores eran las estrellas en las críticas de los periódicos. Todo el mundo sabía que eran ellos los que entregaban su vida al tipo que masticaba hamburguesas más allá del tubo.
Hoy la televisión ya es arte y existe una televisión de autor como existe un cine de autor. La teoría del cine de autor, como es sabido, nació a finales de los cincuenta en la revista 'Cahiers du cinéma' de la mano de André Bazin, Truffaut, Godard, etcétera, y se afianzó en Estados Unidos a comienzos de los sesenta, gracias a las críticas de Pauline Kael y, sobre todo, Andrew Sarris en 'The Village Voice'. Resumiéndola, la teoría del cine de autor venía a decir que un 'western' de John Wayne pasaba a ser 'una película de John Ford'. La teoría de la televisión de autor es distinta. El director deja de ser la estrella en beneficio del escritor-productor o del productor-creador. Se trata pues de una revolución total. Yo la comparto. Estoy de acuerdo en que 'La ley de Los angeles', por ejemplo, es algo más que los relatos cruzados de las vidas de unos abogados. Bochco ha reflejado el sentir de una época, la frustración del individuo, la pelea continua entre la ética y la ambición, entre el éxito y la conciencia, la lucha de clases en mitad de la cultura urbana. Es una televisión que va más allá de las convenciones, hecha con responsabilidad, que proyecta una ideología'' (16/11/1990).