lunes, 6 de junio de 2011

NO DESEARÁS A LA VECINA DEL SEGUNDO

Sorprendido por la decepción suscitada por Copia certificada al verla en la pantalla de un ordenador -con cascos en los oídos para protegerse del ruido ambiental-, en contraste con cierta fascinación que seis meses antes (en la edición del 2010 del Festival de Cannes) le había producido el proceso de seducción mutua de los dos protagonistas y sus conversaciones sobre el sentido de la verdad ("una anticuaria y un ensayista audazmente convencido de que las buenas copias artísticas pueden ser más sólidas y atractivas que los modelos originales"), el crítico de El País Carlos Boyero reflexionaba lo siguiente en el artículo ''Binoche bien vale un kiarostami'': "Imagino que en las valoraciones de algunas películas influye el escenario, los estados de ánimo, esas cositas".

Si a la hora de enfrentarse a un film influye hasta la humedad relativa del aire, el del escenario y sus circunstancias (dimensiones y material de las butacas, distancia entre filas, potencia de los pilotos de luz de emergencia, limpieza...) es uno de los elementos fundamentales. Y como tal, el de las salas comerciales dejó de ser el ideal a partir de su irreversible proceso de liliputización y desde que las palomitas de maíz y los modos de sala de estar/salón comedor practicados ahora en ellas pudieron con la liturgia de lo que siempre había sido ir al cine. Expulsado del paraíso, el espectador con inquietudes inició un éxodo que le llevó a encontrar refugio en salas e institutos de cultura, en Internet, en los DVD y también en la televisión desde que -cual Séptimo de Caballería- acudieran en su rescate las cadenas que han dejado de emitir publicidad y la TDT con sus multicanales de audio posibilitadores de las versiones originales.

En la eterna búsqueda del mejor marco posible, e inspirado por la visión en la Red de una espalda de mujer argentina tatuada con la icónica imagen tarantiniana de los seis dogs trajeados de negro, me pregunto si el cuerpo humano podría ser esa superficie que utilizada como pantalla satisficiese, resumiéndolas en una sola, todas las fantasías del aficionado más hedonista: cine proyectado sobre la desnudez de la persona amada o deseada; en el del propio cónyuge, si me apuran y no queda otro remedio. Al fin y al cabo, por mucho que Peter Greenaway lo probara como libro en The pillow book y Memento mostrara su eficacia como bloc (que no blog) de notas, el conjunto de cabeza, tronco y extremidades del hombre continúa siendo hoy en día un territorio tan poco explorado como lo era Tennessee antes de que Daniel Boone se adentrara en él en 1760.

Durante varias horas buceo desesperadamente en busca de respuestas en los clásicos griegos de referencia (Platón, Aristóteles, Sócrates, Zico...). Pero no hay manera, oiga. Preocupado y aturdido, salgo al balcón a que me dé un poco el aire. Dirijo la mirada hacia la casa de la vecinita de enfrente de cinemascópicas medidas anatómicas y dejo fluir la imaginación.