IN. De la aprovechable (pero desaprovechada) pareja de hosts formada por Steve Martin y Alec Baldwin, la carga de profundidad con efecto retardado lanzada por el protagonista de Dinero caído del cielo contra los jóvenes y guapísimos actores de La saga Crepúsculo (Kristen Stewart y Taylor Lautner), instándoles a verse a través de ellos cómo serán con treinta años más a sus espaldas. El vistoso número musical de Neil Patrick Harris; ¿quién dijo que no hubo coreografías? La cada vez más normalizada presencia afroamericana entre los premiados: ambos por Precious, al Oscar de Mo'Nique (actriz secundaria) se añadió el de Geoffrey Fletcher, el primero obtenido por una persona negra en el apartado de guión (adaptado, en este caso). James Taylor poniendo música de The Beatles (''In my life'') a las imágenes del in memoriam tribute introducido por la magra Demi Moore para recordar no sólo a los profesionales de la cosa, entre los cuales Betsy Blair -la solterona provinciana de Calle Mayor (de Bardem, Juan Antonio)-, sino también a periodistas como el veterano columnista de cine de Variety Army Archerd (porque allí se considera a la prensa como una parte más del negocio). Los méritos anuales de Ben Stiller para hacerse acreedor algún día del papel de host. Las formas (mano izquierda en el bolsillo, marcando ese estilo que lo ha mantenido como uno de los actores con más sex appeal) más que el fondo (tópico) del discurso de un Jeff Bridges (actor principal, Corazón rebelde) que logró elevar el tono (por lo menos de voz) de la gala, protagonizando una de las pocas stand-up ovation de la noche. La rapidez con que el Hollywood actual ha asumido la guerra de Irak, en (explicable) contraste con los cuatro años pasados desde la poco honrosa retirada de Vietnam hasta los Oscar de El cazador -la compleja e incómoda obra maestra ab-so-lu-ta del desaparecido en combate (con la industria) Michael Cimino-, en 1979.
OUT. El actor de anuncios de café George Clooney (who else!) y su despampanante novia italiana: por la poca credibilidad de sus interpretaciones. La imagen de soberbia (industrial) de quien en una velada de naufragios más propicios se autoproclamara "el rey del mundo", James Cameron (Avatar), produce tanta rabia como su cine: exuberante de medios técnicos pero sin alma. El (caduco) tópico electoral de "la noche es larga" recurrido por la inadecuada Àngels Barceló en el (disperso) programa especial de la Cadena SER, que bajo su (desafinada) batuta estuvo a años luz del preparado trabajo acostumbrado por los de El cine de Lo Que Yo Te Diga y fue más cotilleo estilista desde el estudio de Madrid (momento Marisa Naranjo incluido, al confundir en una de las categorías a nominados con premiados) que comentario cinematográfico y locución desde el Kodak Theatre (las conexiones con el sonido original fueron escasas en ocasiones y calidad técnica, ante la evidente incomodidad del solvente Javier del Pino), dificultando al oyente tener una idea precisa de cómo fue la ceremonia. La recuperación de la fórmula "And the winner is...", descartada en el pasado por políticamente incorrecta (¿a qué obedece ahora este nuevo cambio?). La ausencia en la gala de figuras de peso, no así sobrepeso (Queen Latifah, Mo'Nique, Gabourey Sidibe); todas, por cierto, pertenecientes a la comunidad negra. Aunque en él se explique buena parte de la comedia juvenil e infantil de los ochenta y noventa (Dieciséis velas, El club de los cinco, La mujer explosiva, La chica de rosa, los Solo en casa...), en su triple faceta de productor, director y guionista, el (por comparación) desproporcionado homenaje póstumo a John Hughes, presencia entre otros sobre el escenario de Molly Ringwald (42), Ally Sheedy (47) y un Macaulay Culkin (29) de muy perjudicado aspecto. El Oscar de Sandra Bullock (actriz principal, The blind side), sólo comprensible de haber sido entregado por el mismo Jack Palance (q. e. p. d.) achispado que un día (de vino y rosas) decidió unilateralmente concedérselo a Marisa Tomei (Mi primo Vinny, actriz secundaria, en 1993). Barbra Streisand insinuando el galardón de Kathryn Bigelow (dirección) antes de abrir un sobre en sus manos menos sorpresa de lo requerible. La patriótica dedicatoria a los soldados americanos en Irak y Afganistán (después ampliada "a todos aquellos que visten uniforme, no necesariamente militar") de la directora de la modesta en presupuesto y espectadores En tierra hostil (película, dirección, guión original, montaje, sonido y montaje de sonido), reafirmando la fama de macho alfa que la precede a pesar de la atractiva (¿y retocada?) imagen física de sus 58 espléndidos años e imponente 1,82 m de altura.